Profecía del conflicto

La gente sabe que lo que dice Ralph Dahrendorf en La Teoría del Conflicto es verdadero pero sigue insistiendo en esa postura generalizada que explica que la conducta mayoritaria no está por reconocer y explicitar, por tanto, el conflicto, sino por todo lo contrario: Ignorarlo y mantenerlo oculto. Puede que tenga que ver con esa naturaleza íntima y oculta del ser humano profundamente conservadora. Esa misma que probablemente le ha hecho medrar hasta su posición actual y puede que tenga que ver con aquella otra que parece va a la par con aquella y que no es otra que su naturaleza profundamente cobarde. Todo lo que no sea rendirse ha tenido la admiración del hombre y la ha premiado con multitud de reconocimientos de forma que así, acepta su excepcionalidad. Los héroes siempre son los otros.

Los conflictos se crean por el orden natural de las diferencias entre humanos. Son consecuencia directa de su naturaleza y se parecen tanto a sus limitaciones que probablemente, si fuéramos capaces de aislarlos como hacen los científicos de las ciencias naturales con los compuestos físicos, podríamos componer con ellos como elementos el mejor retrato del ser humano. La gente no se relaciona a través de los elementos comunes sino de los diferenciales. Los comunes puede que les agrupen pero los diferenciales les enfrentan y de ese enfrentamiento les llega lo mejor de cada uno.

El gente se pasa la vida escudriñando las diferencias que tiene con el otro y mientras, se va encontrando con lo que le es común. Y esa ilusión de verse reflejado en el otro le parece lo mejor de ambos. Ese afán de compartir desde lo que ya se comparte es otro ejercicio más de soberbia humana. Dado que opinamos igual, suponemos que sumaremos lo de ambos. Pero es otra ilusión. Lo que se comparte es trascendente para mantener la cercanía o la unión, pero jamás para hacerla superior. Son las diferencias las que provocan el enfrentamiento y nos impelen a reflexionar sobre ellas. Cuando pensamos en lo que nos une, nos consolamos con una placentera sensación,  mientras que la diferencia nos desestabiliza, nos saca de nuestras casillas y nos pone a cavilar que es lo que nos hace mejores.

Puede que desde el llamado Régimen de la Transición, esta sociedad se haya empeñado en destacar lo que nos une. Lo que compartimos. Cuando ha encontrado espacios en los que no sucedía se ha preocupado por desarrollar los medios para que sucediera. Llámese selección española de fútbol o asuntos parecidos. Esta sociedad nuestra tan dispar, incongruente y resabiada, tan viejuna y malintencionada se ha comportado de manera buenista tras tantos siglos de contiendas y desinterés entre iguales, al menos de derecho, que parece mucho más bienintencionada de lo que es. Puede que esa horrible televisión que padecemos o esos valores proclamados desde un nacionalismo rancio nos hayan llevado a pensar que somos, los mejores para nuestros inmediatos semejantes y el caso es que al menos desde el punto de vista formal, nos parecemos tanto, de norte a sur o de levante a poniente que hoy nadie sería capaz de identificar nuestro origen y lugar donde pacemos por nuestra pinta. Pero no nos engañemos. Seguimos siendo los que fuimos y probablemente a causa de esa uniformidad aparente también, somos más en lo que nos diferencia que en, lo que nos une. Y buscamos mas la distancia que nos separa que los espacios comunes. Continuamos hablando de el otro como si habláramos de un desconocido, seguramente porque nuestra primera intención sea esa: Desconocerle.

Se aproximan tiempos electorales y resultadistas donde se deberán plantear asuntos de cabal trascendencia para nuestra relación futura y los acuerdos pre electorales y las estrategias post electorales nos hacen soñar con acuerdos sinérgicos que nos lleven a acuerdos. Error. La diferencia y el desacuerdo se adueñarán de la discusión en las comisiones y volveremos a dar vueltas en el laberinto de los conflictos. Los planteados y los que surgirán.

Heno y paja. Grano y grano. Iguales ignorados. Diciembre.