La singularidad del puzzle

La gente sabe que como decía El Guerra o Guerrita: Hay gente pa tó. Ya saben que según cuenta la anécdota, el famoso matador de toros que asistía en Madrid a una de aquellas veladas de la gran sociedad madrileña que juntaba a gentes de toda clase y condición como se decía, fue presentado a Ortega, quien al parecer le saludó con admiración y tras aquello de “José Ortega y Gasset. Encantado” y “Rafaé Guerra Bejarano. El gusto es mío” Alejándose Ortega a quien no conocía el torero, preguntó ¿Y ese señor que hace? Filósofo, le contestaron. Al cabo del rato, resolutivo, el matador de toros dijo. “Jáy gente pa tó”.

Desde luego. Hasta gente de profesión matador de toros. Esa conclusión es la que cualquiera que salga a la calle en cualquier país de esta Europa del XXI puede sacar. No es necesario preguntar a la gente por su profesión. Simplemente se pasean las aceras de Londres, Roma o Toledo y ahí se ve de manera clara que sin duda hay gente para todo. Gentes que de una u otra manera se complementan en su diversidad, permitiendo la vida más sencilla, completa y eficaz. La singularidad de cada uno forma esa riqueza que es la diversidad y que aporta tantos matices y colores que enriquecen el puzzle final. Aunque no siempre sea fácil gestionar la singularidad. Los seres humanos tendemos a pensar que lo nuestro es el canon para los demás y nos cuesta aceptar aquello que se distancia de lo que consideramos normal, sobre todo cuando no estamos acostumbrados a que aquello lo tengamos presente cotidianamente. En ese caso, lo aceptamos como propio siendo ajeno. Puede que el acento no resida en el conocimiento, por tanto, como en el reconocimiento. No es suficiente con saber que es sino que lo vemos con la asiduidad necesaria para reconocerlo en nuestra cotidianidad.

El roce hace el cariño dice el viejo dicho sentenciando la idea que cuando las personas se conocen y se reconocen, irremediablemente llega el entendimiento. La presencia de supuestos extremos como el denominado síndrome de Estocolmo, por el que la víctima se siente dependiente del verdugo lo reafirma. Por eso, estos días en los que se está dándole vueltas a la panacea universal de la reforma constitucional una vez creada su comisión, conviene repasar algunas de las cosas que han pasado desde aquel ya lejano Régimen del 78 y las expectativas creadas junto a las consecuencias obtenidas. Por ello como un oxímoron, conviene quizá poner el acento en dos caras de la misma moneda. Esa que se supone vamos a echar a lo alto.

La primera es que ese sentimiento de singularidad que muchos catalanes tienen, independentistas o no, puede que se sustente menos en la propia presencia como en la ausencia del otro. Lo que podríamos considerar como español hace mucho que no está presente en Cataluña. En estos tiempos transcurridos no se ha promocionado el roce entre singularidades. Aunque puede que también intervenga el hecho de la muy unívoca singularidad catalana y la muy compleja singularidad de singularidades del resto del Estado. El relato nacionalista ha construido una brecha a base de retorcer los hechos de la historia y la vida de las personas que ha conseguido separar los sentimientos a base de construir una singularidad solitaria que, como se ha visto tras los acontecimientos, parecía más vivir en una especie de Arcadia ensimismada despreciando su entorno y basando su realidad en la negación de lo otro, cuando no despreciándolo e insultándolo. Mala cosa el basarse en lo que uno se dice a si mismo haciendo oídos sordos a lo que los demás nos dicen de nosotros mismos.

Hay que reconstruir el puzzle. Y la recolocación de las piezas se basa en lo que casa entre ellas en forma y color y parece que eso puede pasar por intensificar una catalanización del resto del Estado y una re españolización de Cataluña. A simple vista seguro que a muchos les parecerá una barbaridad pero solo hay que pensar que “Jáy gente pa tó”.

El metro de Londres huele a Graná en el acento de dos adolescentes. Noviembre.