Cuanto peor, mejor. Teoría del Conflicto

 

La gente sabe que las ideas se tienen, se dejan de tener, se vuelven a tener y a veces no se tienen nunca, pero que se debaten seguro. Los seres humanos nos deshacemos en discusión sobre ideas que no tenemos, que no compartimos o que son la primera vez que las oímos, pero opinamos. Ese es el centro del asunto: La opinión. Todos la tenemos. Más o menos fundamentada, con mayor o menor criterio. Es libre. Y desde hace tiempo, la denominada cuestión catalana está en boca de todos, que quiere decir que “todos” nos pronunciamos sobre ella porque su presencia está ya globalizada y cualquiera que tenga oídos habla de ello en cualquier rincón del país y de la Unión Europea. Se debate porque, como es lógico, cada uno tenemos una idea sobre el asunto y el abanico que abarcan estas a juzgar por las que destacan en las tertulias televisivas y en las tabernas de El Rastro, es enorme, exactamente como se corresponde a la pluralidad de la sociedad civil española no catalana. La catalana parece menos plural y más antagónica. Y ese es el otro centro del asunto. Mientras nosotros debatimos ideas que es lo que tenemos, nos es imposible considerar sentimientos que es lo que la mayoría de catalanes parece que tiene, aunque no en exclusiva. Repartidos por la Piel de Toro hay mucha gente muy pro catalana que también sufre el asunto. Unos porque ven sufrir a quienes aprecian y otros porque sufren al ver quienes les apreciaban los menosprecian.

El gran sociólogo alemán y más tarde máximo jefe de la London School of Economics, Sir Ralf Dahrendorf escribió La Teoría del Conflicto, un libro considerado por algunos, como yo, una auténtica Biblia de la sociología moderna, cuando Sir Ralf estaba encuadrado en la neo marxista Escuela Crítica de Frankfurt. En ese tratado de las relaciones cívicas se llega a la conclusión que los conflictos se construyen con enorme facilidad, mientras que se solucionan tan poquísimas veces que se podría llegar a decir que en el fondo son insolubles. Dahrendorf cree que los conflictos (Siempre es en plural. Cuando se habla de “Conflicto” se está reduciendo el concepto individualizándolo, como si fuera un conflicto consigo mismo) no se solucionan pero pueden ser controlados de manera que no deriven en asuntos más graves. Para ello es imprescindible que estén explícitos, que se pongan sobre la mesa, que no se oculten. Que les de el aire. Aquellos que no salen a la luz, se van pudriendo poco a poco hasta que derivan en un asunto mucho más grave.

Bien. Según esto, el conflicto catalán, contenido en las mesas camillas de la burguesía catalana durante años y años en voz baja, le ha estallado al Estado y a la sociedad civil española en plena cara. De ahí esa cara de sorpresa ante su virulencia y el tamaño de la parte de su sociedad civil que lo plantea, entre dos y dos millones y medio de catalanes del total de cinco millones y medio de residentes en Cataluña.

Quien no supiera de la existencia larvada de este conflicto miente. El conjunto de sentimientos que lo sostiene se vienen insinuando desde que yo tengo uso de razón. Era un conflicto social y es un conflicto político. El segundo se solucionará, el primero veremos a ver.

El conflicto ha estallado y las posturas están sobre la mesa. Las cosas se han puesto muy difíciles. Las posturas, muy distantes, parecen irreconciliables y la violencia física parece asomarse de nuevo a las relaciones sociales en este país. Y me parece que todo tiene pinta de empeorar. Pero me parece que aún tiene mucho que empeorar para que pueda empezar a mejorar. Seguramente no encontraremos la solución, pero al menos no se quedará recalentado el asunto en los braseros de las mesas camillas sino que estará repartido en la baraja. Eso espero.

Solo tras la caída podremos llegar a levantarnos. Aunque sea a medias. Octubre