Cartas al Director

La gente sabe que el asunto que tienen los catalanes entre sí y el resto de ciudadanos del Estado es un tema grave que afecta no solo a los principios democráticos del Estado de Derecho y al derecho a decidir sino que afecta y sobre todo al bienestar de la sociedad civil en su conjunto. A la la catalana que la noche del 10 de octubre con el ánimo por los suelos abandona la concentración ante el Parlament de Cataluña, como la que se pega al televisor en el resto del Estado para intentar saber que se pretende, en que le afecta, porque se produce, en base a que derecho, con que pretensiones y representando a quien.

La gente, esa cosa que aunque a veces parece una entelequia, es eso que termina produciendo la cuenta de resultados de las grandes superficies comerciales o la que termina llegando como turista 80.000.000 a este país, la que mantiene el bar de la esquina con sus cañitas a medio día o a media tarde o la que permite que los comercios de barrio sigan permitiendo que la familia prospere. Esa gente asiste atónita a espectáculos comico-taurinos en los que se dice lo que se dice pensando en que se tome como declaración solemne pero sin decirlo.

Me temo que en Cataluña, el nacionalismo excluyente, xenófobo y revanchista, ha terminado construyendo un relato propagandístico, heroico y legendario, fascinante e ilusionante. Un relato con connotaciones infantiles que ha sido adoptado por parte de la gente que necesita creerse el relato para entender lo que le pasa y encontrar una respuesta sencilla y asumible a su situación. La gente precisa de respuestas y sobre todo a sus insatisfacciones. Puede que en los territorios históricos siga perdurando la sensación sublimadora de su propia historia como consecuente de una necesidad de auto afirmación que termina desembocando en la sed de identidad. Identidad que se pretende poder saciar con una iniciativa ingenua y desproporcionada resultante de la efervescencia sentimental aprehendida, programada y ejecutada. El adoctrinamiento propagandístico de las clases burguesas es un arma reactiva sobre las clases trabajadoras. Se desvían los objetivos universales para sustituirlos por los identitarios. Como si estos pudieran darle al individuo la estatura que su posición social no le permite. En ese contexto, el individuo deja de ser el centro de la acción social para ser un componente de la manifestación interesada. Un instrumento mas de la propaganda interesada.

Pero como ese nacionalismo es burgués y por tanto interesado, por ende es cobarde, como el dinero, y pronto comienza a recular en función de los intereses que afecten a su bolsillo. Las banderas se arrumban en los cuartos trasteros y donde dije digo digo Diego. Queda por fin el funambulismo final que intenta nadar y guardar la ropa.

Los miembros de la mayoría parlamentaria independentista catalana escenifican el final de sus maneras de tirar la piedra y esconder la mano, firmando un papelillo fuera de su lugar de verdad que es el Parlament como quien firma una carta al director. De manera personal, 72 diputados tienen la desfachatez de denunciarse a si mismos saliendo del salón de plenos para firmar lo que no tuvieron la vergüenza de firmar y votar en el seno de las Instituciones.

Mientras, como siempre sucede, la gente que se arremolina ante la seducción de la utopía, ve como las promesas adoptadas se diluyen como azucarillos ante las pantallas en la calle y terminan, como los azucarillos, disolviéndose. Eso si llevándose la decepción, el desencanto y la renuente certeza de haber sido, de nuevo, utilizados.

Siempre palman los  mismos, porque son los únicos con capacidad de creer. Octubre