Entorno, emoción y violencia

La gente sabe que nos es necesario sumarnos a los otros. Lo sabemos desde que salimos de la cueva y experimentamos el acoso en horda. Nos permitió primero dominar y luego extinguir los animales que nos hacían la competencia y frente a los cuales uno a uno no servíamos para nada. La colaboración entre iguales nos llevó más tarde a la división del trabajo, al reparto de funciones, y de esa colaboración nacieron los esfuerzos posibles que trascendieron la individualidad. Los pueblos como antes las Villae romanas implantaron los modelos sociales ligados al territorio y a su capacidad de mantenimiento de la población. A veces, uno comienza a escribir con un cierto reparo por lo obvio de los planteamientos, aunque se comience por ellos con la intención de trascenderlos y llegar a alguna cosa más esclarecedora y novedosa, pero es así. En gran medida somos lo que el entorno nos permite y alienta. La emigración basa la parte fundamental de su pervivencia en la existencia de un entorno de  acogida que nos permita comenzar a desarrollarnos por  nosotros mismos y más tarde, en la comunidad de valores irnos haciendo cada vez más fuertes. Comenzamos por compartir creencias que en la mayoría de los casos son emociones compartidas sin necesidad de ser explicadas. La comunidad de forma de vivir, trabajo, barrio, etc. Nos va uniendo al entorno de forma que cada vez nos parecemos menos a nosotros  mismos y mas al de al lado. La lengua, sin duda, es el mayor valor de cohesión en el entorno aunque a veces pueden aparecer transformaciones de creencias en vigencias que nos reafirman tanto como el idioma compartido. De pronto, una emoción se va haciendo cada vez más efervescente y los  miembros del entorno comienzan a excitar su comportamiento hasta límites insospechados. De esa forma, un bulo, interesado o espontaneo puede movilizar a las gentes de un determinado entorno en una espiral a veces de una violencia desatada. Las hordas ciegas de falsas verdades y mentiras ciertas tienen en su historia un vendaval de linchamientos y horripilantes sucesos históricos, recordemos la Kristallnacht o noche de los cristales rotos, por ejemplo. Cuando la violencia antijudía en el Reich explotó en horda la noche del 9 al 10 de noviembre de 1937.

El atractivo emocional cuando se hace incontenible provoca una presión social del entorno de la que es muy difícil abstenerse y cuando esa emoción trasciende la racionalidad a caballo de las consignas ciegas, el individuo no puede diferenciarse del entorno sino a cambio de una estigmatización que puede acabar en una convivencia dificilísima sino a veces con su propia vida. Algo de eso sabemos en Euskal Herría en los últimos cuarenta años.

Eso mismo estamos viendo que está sucediendo en la mal llamada cuestión catalana, pues es mucho más una cuestión española, estatal. Los bulos, las falsas verdades y las ciertas mentiras se han enseñoreado del entorno social catalán y la efervescencia emocional independentista se ha convertido en una vigencia incontestable de la que es muy difícil abstraerse y contra la que en determinados entornos no hay alternativa. La percepción psicosocial se impone a la psíquica, de manera que el individuo se comporta mas como cree que los demás verán con buenos ojos que se comporte que como de verdad querría comportarse. Así por ejemplo el derecho a decidir se antepone al objeto de la supuesta decisión, lo que lo convierte en otra trampa. El derecho a decidir es el derecho a decidir que SI que Cataluña debe independizarse del resto de España, de otra manera no tendría sentido la consulta.

El pueblo catalán tiene fama histórica de ponderado, prudente, trabajador y cultivado, pero también lo era el pueblo alemán de 1937. Y no quiero dramatizar, pero en estos meses he asistido ya a varias discusiones entre intelectuales y amigos que han terminado con ruptura de relaciones de amistad y cariño de decenas y decenas de años. Una violencia nacida de la frustración, a mi juicio, no es descartable. 

A vueltas con la emoción se despeña el sentimiento. Septiembre