El ruido y la furia

La gente sabe que no hay nada peor para entenderse que el ruido. A los medio sordos, nos condiciona de manera excepcional dejándonos exhaustos ante el esfuerzo de intentar identificar la palabra en el estruendo pero reconozcamos que hay gentes que se manejan mucho mejor en esos ambientes donde la identificación de lo que se dice es una quimera y el grito no es excepción sino medida de comunicación. Ya saben que es un sonido que no tiene altura ni timbre, es decir, en el cual ninguna zona de frecuencia difiere de ninguna otra ni ningún segmento temporal difiera de ningún otro. Y que dificulta la comunicación. Su umbral mínimo es de 0db a 100Hz y el máximo, llamado también umbral del dolor es de 130db. Lo que provoca la furia.

El ruido no es solo un habitante del sonido sino que forma parte de toda construcción de sentido. La presencia de elementos disturbadores para la percepción de un planteamiento estético como un diseño, un dibujo, un cuadro o una foto, crean ruido que dificulta su comprensión. La presencia de términos contradictorios o pretendidamente culturalistas que sofistican en exceso un planteamiento textual, de igual forma crean  el ruido suficiente para que el texto se vuelva incomprensible. En fin, la presencia de elementos ajenos e interesados a veces provocan un ambiente favorable para que otros elementos encuentren ambiente desfavorable para su planteamiento. Las cosas revueltas atienden mejor a los intereses menos predispuestos a la claridad y el raciocinio.

La sociedad civil española vive desde hace tiempo situaciones encadenadas de ruido llamado mediático, es decir, ruido provocado o distribuido por los medios de comunicación que se hacen eco de los sonidos que emite la propia sociedad civil. El mayor de ellos es el ruido que llega desde Cataluña y que a Cataluña llegará desde el resto del territorio español. El caso es que cada vez mas se identifican menos las cosas en medio de tanto estruendo provocado. Las voces entre los ecos que decía D. Antonio Machado.

La identificación con el vínculo Estado-Nación que nos llega desde Cataluña y las acciones encaminadas a descubrir la corrupción del lenguaje incriminatorio de los políticos crean un ruido insoportable desde el que es difícil comprender gran cosa. Por un lado la búsqueda de metáforas en el pasado para consolidar sentimientos victimistas y el empeño en imponer lo local a lo universal como fórmula infalible de identificación personal deviene en un panorama abrupto, insensible, inaudible y pernicioso para el sostenimiento de los lazos afectivos creados y mantenidos después de centenares y centenares de años de convivencia, que de pronto, no parecen haber servido para nada, o para no exagerar: Para muy poco. Es curioso como ese tránsito de afecto a desafecto se revela tan sutil y vertiginoso como sospechábamos.

Los partidos políticos tampoco ayudan a bajar la voz. La historia del Estado Plurinacional que preconiza la dirección del partido socialista no parece sino intentar repasar como hacíamos de niños, con un lápiz, las fronteras dibujadas por los nacionalismos excluyentes que no paran de fracasar y no parecen querer dejar de fracasar nunca. Las tensiones centrífugas que al parecer no terminó de afrontar el Estado de las Autonomías aumentan como si no hubiera otra salida al sentimiento periférico que las burguesías interesadas han alimentado desde el siglo XIX con el sempiterno objetivo de obtener ventaja del ventajismo. Como siempre. Y pareciera que esas burguesías polvorientas y enmohecidas estaban arrumbadas en el desván pero todavía son capaces de aliarse con el diablo, como se ve en Cataluña. Duermen con su enemigo.

Y no le es fácil a la sociedad civil, española desvincularse en sociedades civiles nacionalistas aunque los poderes políticos lo intentan una y otra vez. Lo peor es que el resultado del desprestigio, es la desafección, que se instala como una poderosa Hydra en el corazón de la furia.

Los himnos y las banderas se frotan las manos enguantadas por si acaso. Septiembre