Los honores heredados

La gente sabe que el hombre mira tanto para atrás como para adelante en su tránsito por el maldito valle de lágrimas. Nos fijamos en los que nos han precedido, en busca de experiencia en cabeza ajena que nos ayude a tomar la dirección adecuada, las decisiones correctas. Es lógico que ese camino lo empecemos recorriendo por nuestros ancestros más cercanos. Y si están vivos, mejor que mejor. De antiguo se ha dado voz a los ancianos en la toma de decisiones aunque es cierto que en estos tiempos de vigencia tecnológica y vertiginoso cambio, acudir a los ancianos es un empeño algo mas reducido. En muchos casos tenemos que decir: “Pregúntaselo a tu hijo pequeño”. Son cuestiones de manual de vida más rudimentario como resetear el móvil, encontrar la carpeta perdida de Word o instalarnos la última App de tráfico.

La consulta a los ancianos sigue siendo un valor vigente en cuanto a decisiones trascendentales. Pero aunque empezamos por ahí, si no encontramos la respuesta adecuada, seguimos hacia atrás en busca de ese ejemplo valioso. Pronto dejamos abandonada la vía familiar o conocida para adentrarnos en los ejemplos que han trascendido los tiempos. Aquellos escritores, pintores, políticos, médicos, etc. Que nos han legado su pensamiento. Y volvemos a leer a Genofonte o a Séneca, nos reímos con Quevedo o nos asombramos con Lope. Todos ellos son en alguna medida ejemplos de gente con honor. Quiero decir que han merecido el o los honores de sus compatriotas y vecinos, o de aquellos que les han sucedido. Y en esta última frase, reside la justificación de estas líneas.

Desde muy antiguo, se rindieron honores levantando edificios, esculpiendo estatuas, dedicando calles, jardines, puentes o plazas. Hace poco en una pequeña plaza de Córdoba que guarda un busto de Moshe ben Maimón (Córdoba 1135- Fustat, Egipto, 1204), más conocido entre nosotros como Maimonides, el gran filósofo judío.  Un lado un chaval de unos 15 años parecía copiar en el móvil la leyenda del busto así es que le pregunté. Me contestó que estaba buscando en internet para saber quien había sido ese señor. Bien. Gracias a su estatua a lo mejor le echa un vistazo a la Guía de perplejos y se asombra.

El asunto viene a cuento porque cuando los pueblos giran de sistema, no solo se heredan las consecuencias de los tiempos sino también los honores concedidos en forma de nombre de calle, estatua o jardín. Aún guardo en la memoria las escenas de las estatuas de Stalin y Lenin derribadas con la caída de la URSS o las tan profusas de Sadam Hussein. Tan gigantescas como numerosas. El asunto es que el asunto es complicado. Si nos atenemos al fervor popular que consigue erigir una estatua a quien quiere, los que les heredamos, deberíamos respetar el empeño, pero claro, muchas veces, esos honores traen recuerdos espantosos. Representan situaciones aberrantes que la gente necesita olvidar. Pasar página. Esos casos son flagrantes. Nada que decir. Aunque se pueda ver cerca de la entrada de los jardines de El Pardo la Plaza del Caudillo, y no creo que se refieran a cualquier caudillo. Pero hay otros que quedan mas a consideración de las juntas municipales de cada legislatura.

Es un tema peliagudo y probablemente tenga poca o mala solución pero no sería mala cosa que se pusiera en marcha una iniciativa para regularlo de alguna manera. Un amigo aboga porque no se conceda ningún honor de ese tipo, nombre de calle, plaza, etc. A nadie, hasta que se hayan cumplido cien años de su muerte, pero no quiero imaginarme cien años sin que un niño pase frente a la calle de Gabriel García Márquez y no se pare a buscar en su móvil quien era ese señor.

 

En un mundo de estatuas la memoria no estaría de moda. Septiembre