El tiempo infinito

La gente sabe que el espacio es infinito. Lo estudió en EGB y lo ha leído en multitud de publicaciones de divulgación científica y no es preciso insistir. También sabe, sin embargo, que el tiempo es finito pues no existía antes del Big Bang y solo desde entonces se le considera como una dimensión mas del entramado espacial. Asuntos de la astrofísica que parecen lejanos y misteriosos y que a la vez se sientan a nuestro lado para acompañarnos en nuestra exigua y frágil existencia. Es precisamente por esa cadencia temporal tan excepcionalmente mínima que es la vida humana, por la que el tiempo nos es infinito. Sabemos que nuestra percepción viene de nuestra conciencia de vida que es cuando empezamos a ser conscientes de lo que somos y con la memoria le vamos dotando de una escala para medir el paso de los años, los días y las horas. Hablamos de otros tiempos como si hubieran sido o pudieran ser contenedores finitos con su propio sentido y lo hacemos usando nuestra escala de medir: La infancia, la pubertad, la juventud, la madurez, etc. Porque en nuestro caso se trata de trazos vitales con obertura y despedida mas o menos claras, lo que nos permite nombrarlas y por ello diferenciarlas.

Herodoto atribuye la invención del reloj de sol a los babilonios pero el hombre mide el tiempo conforme a su existencia aunque la especulación científica ha ido estableciendo la relación de la percepción con el conocimiento. El caso es que probablemente con la conciencia de la sucesión del día y la noche empezáramos a medir las cosas y con ello dotarlas de un comienzo y un fin. Todo lo que nos rodea es finito y sin embargo, a veces, el tiempo parece mas una ilusión que un concepto.

Los calendarios fueron organizando la vida en medidas temporales desde el egipcio que con el reloj de sol, dividía el día en 10 partes con dos horas de crepúsculo adicionales durante la mañana y la tarde, al maya, varios calendarios en uno que además es cíclico, se repite cada 52 años mayas, el sagrado, el solar, la cuenta larga, la cuenta lunar, etc. Está todo en Wikipedia o sea que no seguiremos. El caso es que pasando por el calendario juliano instaurado por Julio César en el 46 a.c. hasta que en 1582 el papa Gregorio XIII instauró por medio de la bula Inter Gravissimas el que lleva su nombre y que rige prácticamente en todo el mundo, nos hemos procurado los medios para saber cuando empiezan y terminan las cosas. Lo que nos indica cuanto duran. Aunque esa es una cuestión relativa desde que Albert Einstein enunció su famosa teoría de la relatividad en 1905 y 1915.

Quizá por eso vemos como el tiempo se encoge o se estira en función de nosotros mismos. Las cosas pasan a una velocidad u otra según las percibimos y según nos veamos a nosotros mismos en ellas. Los espectadores cinematográficos aceptamos una de las convenciones fundamentales del montaje cinematográfico, la existencia de analepsis y prolepsis narrativas. La interrupción del tiempo narrativo incluyendo tiempos pasados o futuros y la elipsis por la que eludimos parte de la acción mostrando solo el principio y el fin de esta.

Pero el asunto a tratar, sin dejar, como ven, de mantener la relación con la especulación científica se queda en esa sensación histórica que nos queda del tiempo. De nuestro tiempo. Y lo cierto es que a veces da la sensación de que no consigamos cambiar de tiempo, de manera que este parece alargarse mas allá de los límites que le hemos fijado. No todos los seres humanos maduramos de igual forma ni con la misma velocidad, por eso, esa palabra que usamos madurar se ajusta al tiempo físico de las plantas principalmente. Algo que somos capaces de observar sin dificultad.

Dicho esto. ¿Alguien puede intervenir para que el siglo XX con su colección de antiguallas termine de una vez?

 

Los segundos pasando hasta las venas de la muñeca del hombre con un número de campo de concentración. Agosto