Sistemas clientelares

La gente sabe que aceptar una distinción implica la obligación moral de devolverla si así se lo solicita quien se la otorgó. Favor con favor se paga dice el dicho. Así son las cosas, hoy por ti, mañana por mi. Parece cosa de mafia porque es el sistema en que se basa la fidelidad entre sus miembros con aquellos que reciben excepcionalmente un favor decisivo. El Don otorga un favor y el que lo recibe encontrará el momento de devolverlo con creces. Pero en realidad en ese truque se basa la socialización. El trueque de influencia permite a quien no tiene lo que necesita acceder a ello y devolverlo cuando se le pida. Los sistemas primitivos se basan en ello y aún hoy, la mayor parte de la población mundial se rige por un sistema relacional que en su conjunto no se aleja del modelo.

El principio no parece tener una malsana naturaleza hasta que se explora y se instala. Todo favor es interesado. En realidad lo que se pide es una excepción. La mayor parte de las veces, saltarse los tiempos, el escalafón, la cola o como lo quieran llamar. En ese sentido, las sociedades medievales lograron controlarlo, simplemente poniéndole precio. De esa manera el favor se paga en el instante concedido por el precio acordado y la obligación de devolverlo no existe. Así llegaban los segundones a Cardenales o Generales a los dieciocho años o menos. Así se salvaba una punición del poder civil o se soslayaba una penitencia pesarosa del poder religioso. No estaba mal pensado. El poder vendía su influencia y el que tenía el dinero para comprarla se favorecía (hermosa palabra).

Quizá la enorme diferencia que existía en la edad media y hasta el siglo de las luces con los tiempos actuales pudiera estar en la esperanza de vida. La gente moría pronto, con lo que no estaba demasiado tiempo en el machito. Puede parecer frívolo pero es muy posible. Los tiempos actuales y su desarrollo científico y tecnológico han conseguido alargar la vida humana hasta límites insospechados y por ello, alargan la vejez de tal forma que los sátrapas pueden permanecer en el cargo durante años y años. Aunque haya sátrapas que ocupan su trono por procedimientos pretendidamente democráticos. Pero ya hemos convenido que la democracia no es cuestión cuantitativa, que también, sino cualitativa. Y en los sistemas clientelares que se perpetúan en el tiempo, la democracia termina siendo un asunto secundario.

Ocupé durante bastantes años un cargo de alta dirección en una Federación Deportiva Nacional hasta que me desvinculé de ella porque el hedor ya no me dejaba la pituitaria sana. El sistema, para quien  no lo sepa y supongo que en la de fútbol será igual, es que los dineros de las licencias federativas son recaudados por las Asociaciones y Clubs deportivos, que a su vez liquidan a las Delegaciones Provinciales, quienes liquidan a las Federaciones Autonómicas, quienes a su vez terminan liquidando a la Federación Nacional correspondiente. Por ello, cada Federación Autonómica tienes tantos delegados a la Asamblea Nacional como corresponde, no al volumen de federados de su Autonomía, sino en función de las licencias que haya liquidado a la Federación Nacional en el momento en que se convoque la Asamblea y como unos y otros manejan esos fondos de manera transitoria, el binomio federados-licencias liquidadas es usado a la manera de cada cual. Unos para retener fondos y otros para obtener delegados.

Todo sistema basado en la excepción, como son los clientelares, termina podrido, si o si, y la corrupción es proporcional al tiempo que los dirigentes ocupen el cargo. Ya se sabe que la trama se compacta según vaya pasando el tiempo y haya mas favores pendientes, que obligarán a mantener la fidelidad cueste lo que cueste.

Una ley de transparencia y unos límites a la ostentación de cargos parecen evidentes pasos a dar para mejorar esos espacios a los que si se asomara el Barón de Coubertin provocarían su suicidio inmediato.

Se agotan los hombros para arrimarse a llorar y una cabeza de puente se derrumba sola. Julio