Democracia esencial

La gente sabe de qué manera se soban las cosas de pensar hasta que dejan de tener sentido. No ya el que tenían. Ningún sentido. Los conceptos se manejan en el tejemaneje social como barcos a la deriva en el océano de la comunicación. Cualquier que quiera saber de qué se trata el deporte de la Soule, se mete en internet y desde varias páginas se lo explican perfectamente. Eso sí, según cada página. Los conceptos, reglas y usos de ese deporte medieval puesto de moda de nuevo en el siglo XXI por la famosa UCO de la Guardia Civil se aseguran en una perfecta sinfonía de contradicciones de forma que, rápidamente, uno se arrepiente de haber querido saber ese significado y haberse puesto a ello. Mejor hubiera sido no haber caído en la curiosidad de conocer.

A poco que uno pase revista a los medios de comunicación y dedique algún tiempo a la sana costumbre de sacar conclusiones, está abocado a pedir consulta con el psiquiatra pues termina no entendiendo nada. Los usos del lenguaje, invento de Hermes Trismegisto según la hermenéutica, se han desvirtuado. Se trataba según cuenta la leyenda, de desarrollar un instrumento para guardar la memoria, lo que le puso tan nervioso al Faraón Theut que según se cuenta echó al Dios intermediario con cajas destempladas. Ahora, el lenguaje es acerbo común y general, de manera que es usado, ¡Cómo no! Por quien quiera y pueda usarlo, y como es gratis, cada cual dice lo que le viene en gana y si lo escribe alcanza cotas de verosimilitud inimaginables. Bien lo sabía Joseph Goebbels.

En estos últimos tiempos al amor del denominado “asunto catalán” se está utilizando por todos los presentes en el asunto la palabra Democracia y como pasa, se usa con una ligereza como si el tema fuera de andar por casa. Es cierto que el Gobierno del Estado basa su discurso principal en el concepto de legalidad, mientras que desde el nacionalismo independentista catalán se contrapone el concepto de legitimidad y se hace hincapié en el concepto de voto y por ende de la postura antidemocrática del Gobierno al cercenar e impedir que los catalanes se expresen en una votación específica. Y dejando al margen la discusión de la legitimidad que puedan tener los catalanes de votar algo que no les es exclusivo y cuyas consecuencias no solo a ellos les podrían condicionar, es imprescindible, me parece, detenerse en ese concepto de espíritu democrático que ostenta el independentismo nacionalista, al parecer en exclusividad y la susodicha postura antidemocrática de quienes creemos que todo nacionalismo no es más que la penosa demostración de lo obvio: Que el ser humano no aprende y vuelve a caer una y otra vez en errores de bulto como es el de poner al territorio por delante del individuo.

La Democracia, al igual que la Libertad solo es tal si lo es esencialmente. No se admiten escalas y pequeños regates. Y digámoslo: No es esencialmente democrático convocar un referéndum para tomar la decisión previsible de la ruptura con el Estado basándose en el voto de menos del cincuenta por ciento de los posibles votantes, con una previsible ventaja mínima de la opción de ruptura y todo ello organizado sin las más mínimas garantías electorales. Sin garantías democráticas de verdad.

Esta cosa de la vuelta a los conceptos de Nación del siglo XIX, estos paisajes de banderas, himnos, guerras, enemigos, Patrias y demás zarandajas, sin ofender, me parecen cosas de niños, preocupaciones infantiles que más parecen cortinas de humo para esconder no se qué auténticas preocupaciones por los problemas acuciantes de los seres humanos, muchos de ellos sin los más elementales derechos. Lo demás, podríamos dejárselo al Fútbol, donde todo eso juega a la pelota.

¡Seres humanos del mundo: Uníos! Julio