Guía de perplejos

La gente sabe que hay que escribir para que se lea, por eso, muchas veces, luchamos desesperadamente con los sentidos y los conceptos que enmarañan nuestra mente cuando se trata de cuestionar asuntos de enjundia, pero es necesario. Es imprescindible. Y así lo entendió quien escribió su obra cumbre con el título de estas palabras. Moshe ben Maimón (Córdoba 1135- Fustat, Egipto, 1204), más conocido entre nosotros como Maimonides, el gran filósofo judío que escribió ese libro precisamente en árabe, aunque se tradujo al hebreo en vida de su autor. Este enorme pensador que era íntimo amigo, además, del gran Averroes, su homónimo árabe, realizó profundos estudios bíblicos y talmúdicos y él mismo dice que su libro se basa en “el ideal de aquel que se dedica al saber especulativo y procura acordarlo con la fe” O sea que sin saberlo nos lo estaba dedicando a nosotros, los que nadamos entre preguntas buscando respuestas y apenas oyendo alaridos. La gente de la cultura.

Efectivamente, si tuviéramos que acometer un censo de preocupados por la cultura, tendría que llamarse de igual forma: Guía de Perplejos. Dicen los clásicos que los modernos somos unos llorones. Que cuando no es por una cosa es por otra y que siempre estamos llorando. Debe ser nuestra profunda huella rural. Pero es cierto que nos pasamos la vida entre tanta incomprensión y desprecio que casi solo nos queda llorar y llorar, como dice el corrido mejicano.

Como si fuera sesión continua, casi cada día nos quedamos estupefactos ante las decisiones que se toman en nuestro interés, sin nuestra opinión. Una vez pregunte a una ministra de infausto recuerdo porque no contaban con nosotros, la gente de la cultura en las propuestas del. Ministerio y me contestó sin ningún cinismo: “Porque ya sabemos lo que vais a decir”. Como es comprensible, quedé perplejo. No importa si lo que tuviéramos que decir tenía mejor o peor sentido sino que remitía a un discurso sabido, obsoleto y superado. Es decir, la señora se acogía a esa imagen convencional del artista que solo le interesa su obra y nada más. Y cuanto más mejor. Y como todas las imágenes convencionales, falsa.

Los artistas somos almas perplejas que asistimos a las consecuencias de las acciones de los demás sobre nuestras cosas. Los que nunca han tenido nada que ver con la cultura ni Cristo que lo fundó. Las Administraciones Públicas competentes no paran de sorprendernos casi cada semana con alguna decisión que nos afecta sin conocer nuestra opinión. Y habría que decirlo bien claro: Las Administraciones Públicas españolas en materia de cultura son reos de condición de los prejuicios electorales que tienen sobre nosotros, fundamentalmente originados en la ausencia de conceptos sustantivos en la educación de los niños de este país, y la mirada, seguro que a veces bien intencionada, pero siempre interesada en si misma de las organizaciones públicas que se palpan la ropa de sus subvenciones antes que considerar ni por asomo una discusión serena sobre nuestros problemas.

Mientras, nosotros, los perplejos, siguiendo el ejemplo de Maimonides, buscamos el ideal del que se dedica al saber especulativo y procura acordar con la fe. Es curioso como una actividad como la nuestra, tan elemental y sustantiva para el ser humano nos trae mal de la cabeza. El artista especula cotidianamente con las posibilidades que le brinda el medio, su inteligencia y sus medios y mientras mira al cielo con la desesperación de quien se conoce víctima y señorea su dignidad entre los suyos. Porque los nuestros son, de momento, todo lo que tenemos. Y todos perplejos.

Se satisfacen tardes algodonadas como brazos amantes ilusionados. Julio