Darwin y los Arruis

La gente sabe que con las cosas de comer no se juega, como dice el dicho y las cosas que atañen a la biodiversidad necesitan muchas vueltas al magín porque son casi todas graves y potencialmente muy peligrosas. No se trata de diseminar el catálogo de peligrosidad que sería gigantesco sino de las consecuencias que se derivan de nosotros y nuestras cosas con la madre naturaleza.

El tránsito entre humanidad y vida salvaje se congestiona cada vez con más frecuencia porque cada vez hay mas gente que entiende de ello. O mejor dicho: Cada vez hay mas gente que se ocupa de ello aunque no tenga ni puñetera idea. Los asuntos de las sociedades modernas están cada vez mas en las normas y los procedimientos que en las instancias reales, las de la vida. Todos nosotros estamos presentes en tantos y tantos procedimientos que solo cuando acudimos a algún negociado y nos sacan la ficha, sea cual sea, nos damos cuenta que todos saben de nosotros mas que cualquiera.

Además, resulta que cada vez hay mas personas preocupadas por lo que nos atañe: La biodiversidad, el calentamiento global, la merma y/o desaparición de especies, la reducción de los espacios menos humanizados (porque directamente no hay ninguno que no lo esté) la escasez de recursos alimenticios para las poblaciones salvajes, la disminución progresiva de sus hábitats, la salud de las poblaciones salvajes y desde luego algunas cosas trascendentes como la preservación de los paraísos nacionales de las especies alóctonas.

Este tema de la aloctoneidad, viene a cuento porque el hombre, al menos muchos funcionarios que se ocupan del tema medioambiental, al igual que los nacionalistas en política, ponen el territorio delante del individuo, así nos topamos en los últimos tiempos con el binomio territorio-especie por solucionar. Un guarda de la reserva de Cazorla, me dijo hace muchos años que le parecía mas fácil intervenir en la población que en el territorio, donde manejar los recursos conlleva un propósito temporal considerablemente mas largo y mas aleatorio. Entre plantar una encina y quitar las cabras que sobren hasta que esta crezca, no hay color. Pero si además nos encontramos con una población que declarada alóctona debe desaparecer, todos se echarán las manos a la cabeza apostando por gasificar dialécticamente a quien no este de acuerdo. Y no estoy de acuerdo.

Nos habituamos con demasiada facilidad a los convencionalismos que nos suban al tren de lo que conviene y medimos el paso de la cosas con el nuestro y nos equivocamos.

Seguro, seguro, que hubo Arruis en España hasta no hace demasiado tiempo, como hubo leones y jirafas y rinocerontes y uros, antes que los ganaderos de bravo, les hicieran volver desde los tiempos. Con toda seguridad que el Arrui recuperó parte de su antiguo territorio desde Murcia cuando se introdujo en los años 70.

El Arrui no se híbrida, no desplaza otras especies y come lo que nadie es capaz de comerse y además está muy bueno bien guisadito. Pero hay que exterminarlo, será porque viene del Atlas y lo que viene de allí trae un olor que no les gusta a los puritanos. ¿Por qué no se gasean las cotorras argentinas que desplazan a todos los demás pájaros y no dejan una ardilla viva? ¿Con que razón ecológica se ponen en pie miles de postes para que aniden las cigüeñas? Esos depredadores que no dejan un huevo de perdiz sano ni un gazapo de conejo, y que han pasado de especie migratoria a especie residente gracias a la sobre alimentación que obtienen de la basura humana ¿Por qué se permite comerciar con todo tipo de mascotas alóctonas que luego se sueltan y pueden causar auténticos dramas en la biodiversidad, como los cerdos vietnamitas? ¿Por qué se autorizan granjas de visones que se sabe se escapan si o si? ¿Quién trajo el cangrejo americano de río, ese asesino del mejor de los manjares? Etc.

Si Darwin levantara la cabeza no se preocuparía por  la proliferación de especies alóctonas sino por el crecimiento desbordado de idiotas, sin depredador conocido.

Los últimos melocotones amarillean la mirada del que sabe buscar. Junio