Figuración para las "manis"

La gente sabe que todo cambia. Cambian las cosas y cambian las personas, cambian los tiempos y con ellos las cosas de su tiempo. Cambia la cultura y la conducta del hombre. Gracias a eso y a pesar de lo que puedan decir los datos de Hacienda, cada vez somos mejores y vivimos mejor. Adaptándonos, claro, a los tiempos y peleando por dejar atrás los convencionalismos que han logrado instalarse en nosotros después de décadas de vida en las que hemos acumulado experiencia tras experiencia, la misma resolución de las mismas arrojando resultados que, por su insistencia, terminamos por adoptar como dogmas de vida. Lo que nos empuja a descalificar cualquier forma de los hechos que no se parezca a esos dogmas. De esa manera contemplamos modelos sociales conocidos que se van desarrollando y por ello diferenciando de como pensamos que deberían de ser. El ser humano en su evolución va acomodándose a esos cambios en función de diversas variables, que tienen diferente trascendencia en función de la personalidad, la formación, la edad o las circunstancias del que debe cambiar. Por eso oímos, a veces, como alguien declara “no poder” con determinado cambio. Todo, porque no logra atisbar el sentido del cambio.

Pero hay cosas que cambian y todo el mundo se comporta como si hubiera estado esperando ese cambio. Estas líneas tratan del cambio en las Manifestaciones sociales, las coloquialmente denominadas manis. Casi todo el mundo que vivió los años de la dictadura sabe de qué hablo. Pocas cosas han cambiado más, porque pocas cosas han acompañado un cambio tan radical en la realidad política y social del país.

Las manis de los años duros, a finales de los 60 y primeros 70, ni siquiera se llamaban así, de esa forma coloquial, eran manifestaciones, y en esas manifestaciones, te podían abrir la cabeza, partirte un brazo, reventarte un ojo o directamente pegarte un tiro. Nada de bromas. La visión de los grises a caballo atacando la cabeza de la manifestación aún persiste en mi retina con todo aquel terror intacto. Pero además de lo que pudiera pasar en la manifestación, el riesgo era que además te detuvieran y ahí sí que estabas jodido porque te llevaban a los calabozos de Sol y te zurraban hasta que confesaras que mataste a Manolete. A esas manifestaciones, muchas veces, los militantes comprometidos con ellas, que incluso habíamos trabajado para provocarlas, no íbamos para no correr el riesgo de la detención. Los manifestantes eran auténticos kamikazes, gente convencida y decidida a aguantar lo que viniese.
Hoy las manis han cambiado mucho. La inmensa mayoría de ellas son pacíficas. Testimoniales. Gente educada que sujeta carteles considerados que protesta con mesura, incluso lúdicamente pensaba yo. Las hay de todos tipos y cada vez más. Enfrente ya no están los grises sino algunos educados policías que aconsejan sobre la mejor manera de protestar sin causar daños al tráfico de peatones. Todo súper.

Hace unos días vino a visitarnos la viuda de un primo hermano bastante mayor que yo. Una señora de buen ver, bien conservada, licenciada en Filosofía y Letras, con hijos y nietos autosuficientes y buenas condiciones de vida. A la hora de irse me ofrecí a llevarla a su casa, y en el trayecto después de hablar de las cosas familiares, le propuse que nos viéramos la semana siguiente para empezar a encauzar un tema de reparto familiar, yo esperaba algún pequeño sermón sobre las dificultades de las relaciones familiares cuando hay herencias que repartir, pero no me dijo nada de eso, solamente dijo algo parecido a: “Pues no sé, esta semana tengo muchas manis” como quien dice: Tengo bridge con las amigas.
Honestamente debo confesar que no hice ningún comentario, puse cara de que me pareciera lógico y normal y la despedí con un beso, comiéndome la curiosidad de conocer su agenda de manis. ¡Las cosas!

Las secuelas de la vida se arraciman y te ponen en guardia y también te preparan. Marzo