Aloctaña

Hay que pensar y rebuscar en la historia las veces que la madre naturaleza nos ha dejado en evidencia contradiciendo nuestras expectativas o corrigiendo nuestras prevenciones. Cuantas veces donde pensábamos que pasaría esto, terminó ocurriendo aquello. Quizá es o al menos lo parece, una de las grandes lecciones que da el mundo natural al pensamiento humano. Nos hemos equivocado muchas más veces de las que hemos acertado y eso en lo que somos capaces de ver, no digamos en aquello de lo que solo terminamos viendo la consecuencia tardía de nuestra equivocación, muchas de las veces inexorable y trágicamente, demasiado tarde.

El hombre se ha pasado la vida acomodando las sinergias naturales a sus necesidades, la mayoría de ellas inventadas y no establecidas como resultantes de su existencia. Y claro, el primer y puede que el único huerto del hombre fue el entorno natural. Aún hoy seguimos extrayendo y extrayendo de él los recursos que nos hemos propuesto como imprescindibles para nuestra vida actual.

Es verdad que durante milenios, esa acción del hombre se podía notar en pequeños sucesos y escasas tierras. Pero amigo, desde que supimos que haciendo arder la madera, podíamos mover los barcos y otros ingenios, comenzamos una labor de intervención en el medio natural sin precedentes hasta entonces, que nos fue llevando a un dominio de los recursos de tal manera que hoy, sin espacios vírgenes auténticos, nos encontramos un mundo intervenido por la acción humana que ya no puede responder por sí mismo a su regeneración, de la que nos hemos hecho cargo nosotros y con nuestros conceptos, hemos acometido la reforestación que nos interesa, no la que precisan las tierras deforestadas, por ejemplo, haciéndolo con nuestra vista puesta en el beneficio rápido, por eso lo repoblamos con especies de rendimiento inmediato. El hombre no puede esperar a que se desarrolle un roble, un quejigo o una encina. Con un pino, o mejor con un eucalipto basta.

Pero hay un asunto que hemos provocado sin medir, como siempre, sus consecuencias, alterando, por ejemplo, los flujos marinos. El caso es que en la apertura del canal de Suez hace ya mucho tiempo encontramos un regate a la circunnavegación del continente africano que nos supuso un extraordinario ahorro de combustible y tiempo. ¡Siempre el tiempo en el ser humano como gran imperativo ante su levedad vital! Y así el comercio marítimo se fortaleció entre Europa y Asia como nunca lo había hecho, pero claro, no se nos ocurrió que además de los barcos y los hombres, se abrían vías de comunicación entre mares que llevaban millones de años incomunicados y esa circunstancia no vino a favor sino en contra. Muy en contra. Hoy se calcula que al menos 1000 especies alóctonas cruzaron del mar rojo al mediterráneo. Bueno, pensarán algunos, los ecosistemas de ambos mares son tan diferentes que no podrán sobrevivir mucho tiempo. Pero el cambio climático y otras zarandajas evolutivas han determinado que muchas de esas especies extrañas, estén causando un verdadero desastre ecológico en el mare nostrum.

¿Y qué sucede en la plataforma continental? Pues que del cangrejo autóctono de río ya no se sabe nada. Que las cotorras argentinas se comen los huevos de todas las aves que las circundan, que las tortugas, que los siluros, que los mapaches, que los visones que… ¿seguimos?

Esta España nuestra que diría Cecilia, se está convirtiendo en otra cosa de lo que era y las espacies animales, vegetales y minerales autóctonas, se enfrentan a retos nunca afrontados, mientras las organizaciones ecologistas más banales pero también las más ruidosas y populistas no quieren que cacemos las últimas perdices rojas. Quieren que se las dejemos a las especies que nos invaden. ¿Qué les parece?

Los extraños no llaman a la puerta, la derriban. Febrero