La era Pop I

La gente sabe distinguir en los tiempos pasados, las cosas que pueden agruparse alrededor de un concepto. Así, comúnmente, en mi casa por ejemplo se hablaba de los tiempos del hambre, refiriéndose a los años posteriores a la guerra civil, que por cierto, de civil no tuvo nada, en los que hubo enorme escasez de alimentos, así mismo hablamos de los tiempos de los abuelos, etc.

El concepto era, se refiere a un periodo histórico de extensión considerable que se caracteriza por presentar formas de vida y culturales distintas y diferenciables de los periodos anteriores. Pueden ser eras cronológicas si nos atenemos a fechas históricas concretas, no digamos las geológicas, medidas en millones de años desde la precámbrica a la cenozioca, y a veces también tienen nombre propio como cuando nos referimos, por ejemplo a la era Isabelina, tiempo entre 1558 y 1625 marcado por la influencia de la reina Isabel I de Inglaterra. La era napoleónica (1799-1815) o más cercana aún, la era Obama, ateniéndonos al tiempo de los dos mandatos del cesante presidente de los EEUU. Y seguro que nos tocará referirnos, veremos en qué términos a la era Trump.

Es verdad que la vertiginosa actividad del mundo, hace que las eras, sean cada vez más cortas ya que esas condiciones de vida o culturales, gracias, sobre todo, a la acción de las redes sociales, cambian más radicalmente con mayor celeridad y profundidad. Las vigencias sociales son cada vez más leves, menos enraizadas y su cambio y sustitución más sencillo y rápido. Pero además, lo que sucede es que los cambios que definen las nuevas eras son más profundos y definitivos. Las cosas de los hombres cambian al ritmo de los avances tecnológicos y estos nos hacen diferenciarnos radicalmente apenas con una decena de años de nuestros coetáneos. No solamente cambiamos más profundamente sino que, así como en otros tiempos, condicionados por las comunicaciones fundamentalmente, los cambios se mantenían más tiempo vigentes, además, había más oportunidad de que colectivos no implicados directamente en los cambios, pudieran acceder a ellos. Hoy no. A pesar de estar en un mundo globalizado, la célebre brecha tecnológica se hace cada vez más grande e insalvable para muchos colectivos de seres humanos al margen del devenir histórico y al pairo de situaciones sociales más propias de otras eras que de esta en la que vivimos. Todavía existen los grandes números diferenciales basados fundamentalmente en el acceso al conocimiento. Navegar por las redes significa entre otras cosas dominar alguno de las dos grandes Linguas Francas: El inglés o el español. Sin un manejo medio de estos idiomas, solo podrán acceder a espacios digitales mediatizados y aislados.

375 millones de personas hablan inglés, 559 millones hablan español y 1290 millones hablan chino, que en realidad son 56 clases diferentes de chino que hablan esos mismos grupos étnicos. ¿Qué hablan entonces los aproximadamente otros 5 mil millones de personas que habitan el mundo? ¿Quiere esto decir que en realidad solo la suma de gente que habla inglés más la que habla español pueden aprovechar verdaderamente las oportunidades que brindan las redes sociales? Está claro que hay muchas páginas en otros idiomas, pero no son universales.

La propaganda digital nos anuncia un implante cerebral con todas las lenguas básicas del mundo con lo que si nos lo creemos, dentro de nada, podremos andar por la tierra entera sin temor a equivocarnos al pedir el primer plato de la carta aunque esté escrita en sánscrito. Pero veremos en la segunda parte de estas palabras, la semana que viene, si será gratuito.

La estrella del conocimiento brilla tan lejos que perecen los deseos en el viaje. Enero