La diplomacia en el diván

La gente sabe lo costoso que le ha sido al hombre histórico relacionarse con sus iguales, o al menos, parecidos, desde siempre. A la dinámica frentista del paleolítico, se enfrenta desde el siglo I a.c. al menos, la idea que es mejor pactar que pelear y arriesgarse a perder. Y es más: Pronto el hombre descubre que aún ganando, las pérdidas de un enfrentamiento siempre son costosas. Tanto, que a veces, el vencedor queda debilitado frente al vencido. Sin ánimo ni efectivos para la conquista. Si algo ha tenido valor desde entonces ha sido la vida humana. El hombre es la primera máquina de guerra y reclutarle, adiestrarle y organizarle para después hacerle combatir y tras ello, premiar su fidelidad, es, y siempre fue, carísimo. Por ello, pronto se empezaron los viajes de buena voluntad, de los que la historia nos ha dejado cumplido testigo y abundante documentación.

Todos conocemos las andanzas de Ulises de odisea en odisea. Marco Polo nos representó por el Oriente y desde él nos trajo las innovaciones que transformaron parte trascendente de la vida en Occidente. Los viajeros de buena voluntad fueron, sin duda, el mejor de los mecanismos de acercamiento a culturas que estando tan cerca vistas hoy, estaban tan lejos entonces. Los poderosos encontraron en esos mensajeros una estrategia vital para relacionarse con los otros poderes que pudieran inmiscuirse en sus intenciones. De hecho, su propio nombre: Mensajeros nos desvela la principal de sus misiones: Portar mensajes.

Desde Ulises hasta el comienzo del siglo XX el Mundo, la Tierra, es un laberinto de culturas incomunicadas entre sí que se desarrollan por su propia cuenta sin apenas contactos entre ellas más que de higos a peras, como dice el dicho. Las distancias geográficas delimitan los límites de los reinos o principados. Las marcas como denominaban los mongoles a las fronteras, eran establecidas en función de la capacidad de poder llegar hasta ellas. Por eso según se fueron desarrollando las capacidades de movilidad del hombre, estos fueros de poder se fueron agrandando de forma que el trasiego de la buena voluntad se quedó sin límite. Así es que los mensajeros se quedaron a vivir en sus destinos y nació la Representación Diplomática. La presencia vicarial del poder representado.

Pero la capacidad del hombre por el manejo tecnológico le ha llevado desde hace apenas siglo y cuarto a dejar en nada las distancias y trascender la comunicación personal, verbal y representativa, de forma que a día de hoy, el aún Presidente Obama no encarga a su embajador en Alemania que en su nombre le diga tal o cual cosa a la señora Merkel. Directamente la llama por Skype y lo que tenga que decir, se lo dice a su linda cara.

En este presente, la representación diplomática se convierte, casi, en un eslabón prescindible en todo lo concerniente a la alta comunicación entre poderes, de forma que la agenda de un embajador hoy en día es una colección de citas formales sin ningún contenido político. De cóctel en cóctel presentando empresarios y atendiendo fiestas patronales.

Acaba de venir a la primera página de los periódicos las peleas por la presencia del embajador Trillo encabezando la representación diplomática de España en el Reino Unido, adonde llegó como retiro por su implicación en algunos temas escabrosos y luctuosos. Y pasa lo de siempre, que casi nadie se siente representado por casi nadie y menos el Gobierno de la Nación.

Al menos los diplomáticos de carrera son gente de ilustres apellidos que han ido a colegios religiosos, saben de qué lado hay que poner la cucharilla del postre y hablan idiomas con soltura. ¿Para qué? Pues para eso.

Un triste gemido de Fracs y Chaqués se oye desde el armario del sótano. Donde está el Ruter. Enero