La desmaterialización

La gente sabe que como seres biológicos que somos, hemos cabalgado desde nuestra infancia humanoide a través de las cosas. Las cosas que fuimos encontrando en nuestra evolución y las cosas que conseguimos inventar primero y desarrollar después. Las cosas materiales que nos fueron ayudando a domeñar nuestro alrededor a nuestro antojo, para medrar. La tecnología. La manera de encontrar la arcilla, amasarla, moldearla, cocerla y usarla como vajilla. Las formas sucesivas de armas que nos fueron haciendo cada vez más eficaces.

El hombre ha necesitado ocupar su existencia de materialidad. Cosas físicas que le han servido y a las que a veces, él también ha servido. De hecho, si somos hoy en día capaces de echar la vista atrás para comprender la existencia y su progreso histórico es porque las generaciones de tipos de dos patas nos han ido dejando, junto a sus huesos, un montón de objetos humanizados que nos dan una idea de cómo debería comportarse aquel tipo y qué clase de vida debería de llevar. Los ajuares funerarios, por ejemplo, nos enseñan cosas intangibles de aquellos exiguos huesos que contempla el arqueólogo ante si en cualquier tumba egipcia o maya. Esos objetos gracias a la materia imperecedera de la que están compuestos o fabricados son el mejor libro de la vida.

El hombre como ser material ha ido buscando mejorar su materialidad, desarrollando la alimentación, en gastronomía, el habitáculo, en vivienda, la pared de la cueva, en libro impreso, etc. De hecho, la idea de conseguir una buena vida no ha estado basada sino en satisfacer necesidades materiales que se impusieron como metas. El desarrollo de sustitutos materiales de partes maltrechas de nuestros cuerpos fue seguido de una progresiva sofisticación desde la necesidad al lujo. Del agua clara de los arroyos al Möet Chandon. Los propios sueños del hombre han estado materializados en barcos, aviones o naves espaciales para llevarle cada vez más lejos en la materialidad y para conseguir materiales. Todavía hoy, la lucha por los materiales cruciales para el desarrollo tecnológico provocan luchas fraticidas. Ejércitos sanguinarios y crueles. Cuentas corrientes en paraísos fiscales.
Aún no hemos conseguido desmaterializarnos. Pero queda poco. El desarrollo humano va progresivamente deshaciéndose de lo material, de manera que parece que el camino del progreso es sin duda la virtualización de la vida. He visto pagar en el vagón cafetería del Ave un café (2 €) con una tarjeta de crédito. Hoy sabemos el dinero que tenemos en cuenta porque entramos en el sistema de nuestro banco y vemos una representación de series de números binarios que traducidos nos dicen que estamos a punto que nos devuelvan el recibo de la comunidad. Pero aquel tintineo del Don Dinero de Quevedo ya no se oye.

Pero no solo sucede con eso ni mucho menos. Cada vez más nos independizamos de la materia. ¿Quién compra discos? Me preguntaba el otro día al ver una liquidación de Royalties. Pues casi nadie. La música se ha desmaterializado de manera que cada vez más oímos las plataformas digitales, con o sin publicidad. Incluso la música en directo se ha dejado cautivar por la programación. Ya es raro ver un concierto de nadie que no use una secuencia de música programada en los sistemas ya habituales.

Compramos cada vez más las pocas cosas materiales que aún usamos, por internet, sin verlas físicamente, esos si las podemos devolver con la misma facilidad. Etc.

El hombre se hizo tal desde el interaccionismo simbólico. Cuando sustituyó las cosas por su signo, por la conveniencia de su significado del referente. Así se hizo un ser comunicado y trascendió del mundo animal al humano y como todo lo que el hombre comienza, sin fin a la vista.

Los barcos surcan los océanos en busca de carga hambrientos de fardos y contenedores. Noviembre