Lo que queda de la Historia

La gente sabe que seguir la traza del hombre no es fácil. Nunca lo ha sido. El hombre y sus huellas. Las señales que quedan de su quehacer siempre son señales diferidas que hay que interpretar. Esas señales, aquellas marcas a las que llegó, lo que consiguió dejar detrás de sí, son en realidad los materiales de la historia. Hasta que esto no sucedió, nos fue dejando un montón de ecos de su paso por la tierra al albur de los tiempos y puede que sin ninguna intención de trasponer el espacio temporal de su propia vida.

Puede que la admisión del creacionismo le empujara a verse como ser superior, distinto e irrepetible. Y puede que eso precisamente le llevara a desarrollar la idea de la trascendencia. La vida después de la muerte. En ese instante creo que comienzan las verdaderas trazas de humanidad de este mono soberbio, vanidoso y matarife que somos. ¿De donde le llegó aquella idea tan insólita de que hubiera algo después de morir? Nada en su vida cotidiana lo anunciaba. Más bien al revés. Hoy sabemos que buena parte de la soberbia conservacionista de las sociedades urbanas desarrolladas se las ha producido su alejamiento de la Naturaleza de verdad, la salvaje, no esa que domestica cada vez más. El hombre antiguo solo podía ver finitud a su alrededor, todo su entorno se desvanecía ante el o directamente, él se lo comía, así es que: ¿Por qué creer que ese tipo sería distinto de los animales o plantas de los que se valía para sobrevivir? Si algo estuvo al lado del hombre desde niño fue la muerte.

Por alguna razón inescrutable, el hombre se convenció de que su importancia era tal que no cabía en su propia vida y que seguramente la solución es que hubiera otra infinita tras la suya finita. Con los medios de supervivencia a su alcance, que eran escasos y los riesgos de la vida animal, seguramente, el hombre vivía tan poco que no le pareció suficiente y se dispuso a dejar huella a los que vinieran tras él, seguramente para que se asombraran de su estatura más que por generosidad social. Por eso la huella del hombre está en las piedras que acumuló, dio forma, apiló y construyó con ellas, las construcciones que hoy admiramos, maravillándonos de los esfuerzos y medios utilizados para ello. De los egipcios del 3000 a.c. a Florentino Pérez, pasando por los mayas verdaderos, hubieran podido construir sin ese ánimo de trascender. En realidad no hace falta. ¿Qué le importaría al ingeniero romano que construyó el acueducto de Segovia que hoy siguiera en pie asombrando al mundo. En realidad era una obra de fontanería. ¿Por qué hacerlo entonces con ese ánimo?

La historia nos deja flotando tantas cuestiones pendientes que es una osadía pretender que la interpretación lítica nos saque de dudas. Casi todo lo que nos queda en pie son piedras sobre piedras ya sea de la cultura antigua que sea. Construcciones destinadas a permanecer el mayor tiempo posible, pero desde los dólmenes de Antequera nos queda la estructura desnuda. Sin ninguna duda, no fueron como lo son hoy. Es como si de la Torre Foster solo legáramos la estructura de hormigón. Nadie sería capaz de interpretarlo.

Pero seguimos buscando, porque necesitamos saber y mientras: Recreamos. Es decir; reinventamos lo que debió ser lo que nos queda colocando la conducta y los sentimientos del hombre dentro de esas piedras y asignando colores, formas, y actitudes, intentamos ver la vida que fue.
Siempre he odiado los dioramas, pero después de estas líneas creo que no volveré a visitar ninguno más. Toda recreación es injusta.

El viento transporta ecos perdidos en la fragilidad de los sentidos . Noviembre