Hay que esperar lo mejor y ponerse en lo peor

La gente sabe cuántas veces la realidad deshace los sueños y como los anhelos se ven desencantados. Vísperas de mucho días de nada, dice el dicho popular que, siendo verídico su nacimiento relacionado con las expectativas de las tardes de gloria taurina, no es menos cierto que es una de tantas de esas recreaciones lingüísticas que esa cultura nos ha ido dejando en su devenir histórico.

La expectativa siempre nos empuja a ver la vida color de rosa como dice la convención porque evidentemente somos optimistas ante lo por venir, ya lo dice también la típica frase del pueblo en los casamientos: ¡Que sea para bien! Se desea con esperanza.

Los cambios en la vida del hombre no son tan abundantes como cabría pensar ni tan decisivos como esperamos. En realidad, superada la relación salvaje con la naturaleza y bienvenidos los cambios en la sanidad y la medicina, no pasan demasiadas cosas en la vida del humano europeo contemporáneo. Vivimos en Estados democráticos donde los cauces de participación política están establecidos y bien señalizados, buscamos en el empleo la mayor estabilidad posible y entre otras cosas, dedicamos una parte importante de nuestro sueldo durante veinte o treinta años a comprar una vivienda en la que eternizarnos. Poca cosa la verdad.

Solo algunos privilegiados que hemos sobrevivido en los cambios de Régimen podemos decir que hemos vivido sobresaltos de verdad, aunque algunos de ellos los hayamos pagado caros y nos hayamos librado de haberlos pagado mucho más caros aún. ¡Qué lejos parecen los años de la Dictadura, los tiempos inciertos tras la muerte del Dictador, las esperanzas puestas en las primeras vivencias de la primera transición o las decepciones de la segunda! Pero ahí están para recordarnos que la vida es un albur.

La escena que se dibuja tras la toma de poder del nuevo y mismo Jefe de Gobierno, parece diferente, o muy diferente de la anterior. El Gobierno estará en minoría y dependiendo de acuerdos que no son tales sino que provienen de la misma ausencia, de dejar pasar la acción sin intervenir, y eso es poca chicha. De uno y otro lado, gobierno y oposición se lanzan mensajes bivalentes, por un lado amenazantes sobre la disposición a los acuerdos imprescindibles y por otras frases donde el mismo mensajero se deja querer subliminalmente y deja caer predisposiciones que nunca tuvo pero que asegura querer tener ahora. Bienvenidos sean los convertidos.

Hay que esperar lo mejor. Creer que la necesaria sinergia de acción política que deriva de nuestra realidad como país integrante de la Unión Europea facilitará que sus señorías se sienten ante el mismo café para llegar a acuerdos que probablemente hace unos meses no hubiéramos dado crédito que se pudieran dar. Algunos actores han salido de la escena y otros se han quedado sin texto así es que la escena promete. Quizá los asuntos pendientes que una sociedad moderna debe rescatar del albur político puedan ser abordados, negociados y rubricados con compromisos a largo plazo que nos den tiempo para madurar los cambios imprescindibles que siempre son necesarios.

Pero hay que ponerse en lo peor. Sus señorías han protagonizado una comedia bufa y de boquilla, han prometido lo que no tienen. Hay asuntos que a uno, a uno cualquiera, se le antojan difícilmente abordables, no ya solucionables, sin que se rompan las reglas del juego. Es verdad que a cualquier juego se le pueden cambiar las reglas si los jugadores se ponen de acuerdo en ello, pero el cambio de algunas reglas nos dejaría sin juego en sí, probablemente. Lo peor es que todos sean quienes no lo parecen, al igual que en una comedia renacentista de enredo las máscaras ocultan rostros y las sorpresas nos pueden hacer despertar de nuestra esperanza. Veremos. Puede que la comedia se convierta en tragedia y puede que sea corta o interminable. Atentos al texto.

Todas las palabras deberían de llevar su propio manual de uso. Habría menos sangre. Noviembre