¿De la necesidad virtud?

La gente sabe que, como decía mi madre, las cosas tienen que ponerse mal para ponerse bien. Claro, sin márgenes de mejora la operación es más difícil e improbable. Si nos hemos caído, lo siguiente será levantarnos. Al menos esta es la teoría, luego la vida se nos impone con su tozuda realidad a cuestas, y muchas veces nos quedamos con el teorema, abandonados en medio de la especulación.

Es verdad que la vida sigue siendo un camino de prueba-error y que al ser humano le cuesta aprender en cabeza ajena. Siempre se estima probable que lo que le sucede al prójimo no tenga por qué sucedernos a nosotros. “Eso no me pasará a mi” repetimos con confianza, aunque lo que suele pasar es que nos suceda la cosa muy aproximadamente a como le ha sucedido al vecino. Pero ni por esas. Aquello de “Cuando las barbas de tu vecino... etc.” nunca va con nosotros.

El caso es que ese nosotros, suele ser un decir, pues estaremos en realidad hablando de nosotros mismos es decir, yo y no los demás. Sin embargo, la participación social nos va dejando la impronta poco a poco, de ser cada día, al menos en nuestra vida pública, seres cada vez más sociales, más como los demás. Puede que los modernos medios de comunicación social cada vez más globalizados contribuyan decisivamente a ello puesto que cada vez más compartimos la misma información y compartimos las dos diversidades, la de los individuos que la compartimos y la de los medios que nos la sirven. Eso contribuye a que seamos vistos cada vez más como uno, aunque seamos muchos. El Pueblo. Se decía con absoluta impunidad. La Gente decimos aquí.

Pues bien, también desde la gente se van construyendo conciencias que dan en mensajes. Una suerte de Feedback que proyectamos hacia fuera. Son señales de enorme importancia que pocas veces son tenidas en cuenta por quienes hemos delegado para que nos representen. Y hace mucho tiempo que desde la gente se emite la necesidad de que de una vez por todas dejemos ciertas cosas al margen del albur político, del vaivén del poder. Hay asuntos claves de la sociedad que deben estar pactados y resueltos con el compromiso de no revocación en, al menos, un espacio considerable de tiempo.

La Educación, la Sanidad, la Justicia o los Asuntos Sociales, al menos, deberían estar pactados como en otros lugares de nuestro entorno. Pero no, en este país siguen sucediéndose aquello de que en mi casa mando yo y se acabó lo que se daba.

Como estudiante y desde 1985/1986 como profesor universitario, he sufrido los vaivenes del sistema educativo, a veces enloquecedores, como con aquel ínclito ministro de Franco llamado Cruz que asimiló el curso escolar al año natural. Y tantas y tantas barbaridades. Lo ejemplos se amontonan en el teclado de mi ordenador y no quiero aburrir a quien esto lea en la seguridad que comparte esos ejemplos tanto como yo.

Se supone que mañana sábado, saldrá del Congreso de los Diputados un Gobierno endeble, precario, pactista y necesitado de diálogo y acuerdo en todo, incluso para ir al baño. Y se me ocurre que quizá por eso, podríamos, podrían tener la oportunidad de dejar zanjados por una generación esos asuntos que siendo de todos no son de nadie, como los mencionados. A lo mejor, y nunca mejor dicho, de esa necesidad podría llegar aquella virtud. Todo lo que se ve tiene su espalda y hay mucho de lo que hablar. De momento se ha suspendido la reválida, esa cosa tan antigua y olvidada que la derecha conservadora en España siempre está, como con otras cosas, dispuesta a reverdecer, pues siempre creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Las gentes de la cultura soñamos con una reconsideración ese nefasto 21% de IVA. ¡Quién sabe! De pronto obligados al negocio, sacamos dividendos.

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