Debate en la Universidad

La gente sabe qué idea aún guardamos los que hemos pasado, algunos con creces, los sesenta de la Universidad. En Madrid, en aquellos finales 60 y primeros 70, la Universidad era la selva. Igual de peligrosa e impredecible. Se sabía cuando llegabas pero nada de cuándo ni cómo podrías salir. Los grises entraban a caballo por los pasillos pegándose a veces unas costaladas de cuidado, lo que por cierto solo les cabreaba aún más y corrían a por ti mientras tú acelerabas, dejando caer las canicas desde tus bolsillos. A veces te quedabas encerrado, sitiado por las fuerzas de orden público hasta que les daba la gana, generalmente a la hora de cenar, y algo relajado el asedio, podías escabullirte por los jardines.

Aquella, sigo creyendo en ello, era una universidad salvaje. Los profesores imploraban poder impartir en paz algunas clases y cuando sucedía, tantas y tantas veces aquello se interrumpía cuando los compañeros iniciaban un debate trascendental sobre si debía tener lugar aquella clase magistral o era perentorio solidarizarse con algunas de las decenas de causas pendientes y negarse a dar clase, mientras, por ejemplo, no salieran todos los presos políticos a la calle. Recuerdo aquellos verdaderamente, encendidos, debates, donde estudiantes y profesores nos decíamos las cosas a la cara sin temor a las calificaciones finales.

Pues bien, pasados los años, algunos seguimos en la Universidad, como profesores. Yo, cada curso en algún momento de los compases finales de la asignatura suelo reprocharles que otra vez, otro curso más, llegaremos a los exámenes finales sin haber hecho huelga ni un solo maldito día. Lo toman a broma y seguro que me siguen viendo como un vejestorio irredento. Pero el hecho se mantiene. Hace años y años que no veo una huelga universitaria como Dios manda. Y parece claro que esta democracia, cada vez menos participativa, no consigue arreglar las cosas, sino que las empeora. El futuro de los universitarios es cada vez más negro y las carencias estructurales universitarias solo aumentan. Pero nada de huelga.

En la Facultad de Bellas Artes de Cuenca de la Universidad de Castilla La-Mancha, conmemoramos estos días nuestros primeros treinta años de vida y atendiendo a nuestra fama de inconvenientes, lo hacemos reviviendo un evento que tuvo lugar en el 93 y al que llamamos: La situación. No hubo tiros de milagro, pero las voces asustaron a los municipales y a los nacionales que no sabían qué hacer, si entrar o no. Lo que se comprende muy bien, ya no estaban acostumbrados. Es verdad que somos una Facultad comprometida con el arte contemporáneo y lo que eso significa de cercanía a las Performances, arte callejero, digital, y todo aquello que signifique no conformarse. Pero tenía la sensación de habernos quedado solos en esta lides, hasta que saltó la noticia el otro día de lo que pasó en la Universidad Autónoma de Madrid.

Recuerdo lo que decía en aquellos años un antiguo compañero del recién creado FRAP: “Hay que tenerle miedo a la Universidad”.

Desde luego que no estoy de acuerdo con la violencia, que es verdad que es ciega, pero también creo que hay que saber a dónde se va, por qué se va y quién te ha invitado. Las aguas bajan revueltas en el entorno socialista porque alguno se ha encargado de agitarlas, posicionándose donde nunca se le esperó, aunque muchos lo sospechaban y aquí nadie está impune. Los hechos y las palabras nos delatan y retratan. Y perdón por la cacofonía. Y en la Universidad nunca fue sencillo dar doctrina. La Universidad debe seguir siendo un espacio para el debate y la confrontación, sin violencia, pero con energía. Si en las aulas no hay inconformismo y manifestación en los tiempos que vivimos es que no está llena de gente joven. Aunque carguen los nuevos grises.

Los vientos siempre parecen soplar en pasado imperfecto. Octubre