El hombre es nada

Nadie fue monte o fue llanura
No hay quien eructe, y sea volcán
No hubo quien diera una sola uva madura
El hombre es nada

La gente sabe que suelo caer en la tremenda vanidad de citarme a mí mismo y probablemente lo hago para intentar asegurarme que sigo siendo yo el que escribe y no otro que se parece a mí en casi todo pero que se ha rendido.
Los cuatro versos que anteceden a estas líneas son la segunda estrofa de una canción homónima que espero grabar este año en disco. La canción repasa los cuatro elementos: Tierra, aire, fuego y viento para terminar concluyendo que frente a ellos el hombre sigue siendo un hálito de vida insignificante: “Sólo un naufrago queriendo el mundo cambiar. Siempre a merced de lo que quiera pasar. Porque ni tierra, ni agua, ni fuego, ni viento logró dominar. Aún el Planeta le sigue venciendo” dice el estribillo.

Muy probablemente, estas líneas deberían concluir aquí, porque el resto es conocido, pero aún ambiciono añadir algún calificativo despreciativo sobre la naturaleza humana.

La Naturaleza se empeña en darnos lecciones magistrales de las que parece que no somos capaces de aprender y sacar conclusiones. De nuevo, la tierra tiembla y deshace en caos, terror y muerte lo que el hombre ha puesto en pie. Se lleva las vidas inocentes de quienes creyeron en los que les condujeron y nos deja la amarga lección de siempre: Que no hay nada que podamos hacer para contener la furia de los elementos cuando se desatan. Que no podemos prevenirlos siquiera. Que nos sorprenden de nuevo y súbitamente nos rebajan a nuestra auténtica estatura, esa que se aproxima a la décima parte de la que creemos que tenemos.

Este junio pasado, por primera vez, he podido recorrer las calles de Pompeya. Y la lección que se enseña enfría la sangre y congela la mirada. Y de pronto, las vueltas del destino hacen que el mismísimo día que en el año 79 de nuestra era, el Vesubio destruyera aquel prodigio, la tierra tiemble de nuevo para prácticamente, sepultar la ciudad de Amatrice. Es una macabra coincidencia que no debería explotarse más allá de la estadística de las fechas, pero como las regañinas antiguas, parece que se empeña en recordarnos la fragilidad humana ante un ignorado e impredecible futuro en el Planeta.

Las vidas de los ciudadanos de Amatrice se agolpan en las noticias aumentando el número de ellas que se han perdido según pasan las horas y la ciudad entera parece arrasada salvo quizá, ironías de la vida, Il Campanile del Siglo XIII que aguanta en ese empeño de seguir siendo el origen de las señales que rigieron la vida de sus ciudadanos con sus toques a fuego, a almas, a nublo, a arrebato, toque de ángel, etc. Y en el que probablemente no estaría vigilando ningún ser humano para tañer las campanas aunque no sé si conocería el toque a terremoto.

Viendo ese mare magnum de escombros del que emergen los cascos de colores de los voluntarios que saben cómo buscar, nos queda, además de la pena por tanta vida perdida, la sensación que la vanidad humana no tiene límites. Mientras esto pasa, se anuncia el descubrimiento del exoplaneta Próxima b más allá del sistema solar y que podría albergar vida dicen los científicos, pero no cualquier forma de vida, porque solo terminamos buscando la nuestra. Ya lo dijo el Eclesiastés.

La fragilidad sostiene tanta ambición como conciencia. Agosto