Instintos primarios

La gente sabe que el lenguaje es algo a lo que no se le puede dar demasiadas vueltas si no quieres quedarte encerrado en alguna de ellas por un tiempo. El gran Rafael Sánchez Ferlosio lo ha confesado mas de una vez, se obsesionó con la gramática, la semiótica y el simbolismo y dejó de escribir, mientras en su cabeza, daban vueltas y vueltas las modernas teorías del lenguaje. No, la obsesión no es buena ni siquiera en este noble propósito de hacer mejor la comunicación verbal, flexible e inteligente entre los hombres, pero ya se sabe que cada uno de los que ganamos algo con esto de escribir, nos preocupamos por redactar y editar nuestros textos lo mejor posible, y sobre todo, usar las palabras justas para cumplir con la intención que hayamos depositado en el texto.

Hace tiempo que vengo descubriendo en textos de grandes periodistas la expresión que titula estas líneas y llevo el mismo tiempo cavilando sobre ella, hasta que el otro día, otro grande como John Carlin en su artículo, hacía referencia de nuevo al describir la pasión de los gamberros llamados Hooligans como: “Una entrega a sus instintos primarios”. Y de nuevo me puso en guardia el asunto.

Se hace referencia a los instintos primarios a aquella conducta que impele al ser humano a hundirse en su condición animal mas ancestral y comportarse como el mono desnudo que sin duda, por lo menos en esto, sigue siendo. Hay seres humanos que descienden a la no-humanidad para dejarse llevar por inercias antropológicamente tan lejanas que si eso es verdad, nos pone a pensar.

Por un lado, si esos instintos denominados primarios siguen estando a la orden del ser humano en su pasión desmedida parece decir que hemos evolucionado bien poco. Puede que en algunas cosas, entonces, sigamos comportándonos como lo hacíamos hace miles de años. Y eso es una alerta máxima, porque quisiera decir que la educación, la formación, nos barniza pero no nos estructura. Si con tanta facilidad volvemos a excitarnos al oler la sangre, después de lo leído y aprendido, estamos fastidiados. Hemos desarrollado una civilidad impotente. Un pan, como una hostia. La civilización por tanto deberíamos de volver a entenderla quizá desde aquellas Teorías Biologistas de la percepción que abandonamos hace tanto. Aquellas que nos seguían atando a la estructura genética, dependientes de una especie de preinstalación biológica que arrastraríamos para siempre como una bola de prisionero de comic.

Por otro lado si de lo que se trata es de que quien hace el bárbaro, no lo sea en si, pasionalmente, sino adrede, intencionadamente, el asunto sigue siendo igual de peliagudo porque de esta forma también parece indicar que el hombre moderno, comunicado, racional, culto, occidental, tiene intenciones destructoras, que en este caso mas que en ningún otro, en realidad, serían auto destructoras pues esa decisión de rebajarse de humanidad ya no es fruto si no de una acción de guerra, antisocial, que reta al resto de los otros a refugiarse y huir o a tener que enfrentarse con ellos.

Es cierto que el ser humano, desarrollado y culto, hace de pronto cosas que nos dejan estupefactos. Y si cabe, siempre en busca de la violencia mas ciega y absoluta, aquella sin piedad ni límites. Lo que sucede, sin que al contrario, estar de acuerdo con las Teorías del Entorno, es que en determinadas situaciones, sin tener explicación, los conflictos larvados, a veces durante años y años provocan cuando estallan un descontrol anímico absoluto. Las guerras civiles o los genocidios de finales del XX son testigos fieles. La pregunta es si el llamado deporte rey, el Fútbol provoca lo mismo, ¿Dónde está su realeza?

Hinchan las velas los vientos que se llevan las flores al averno. Junio