No vale ganar

La gente sabe que en toda competición el objetivo es ganar. La gente lo sabe en el deporte, en el trabajo, en la propia vida familiar, etc. Por eso, se acostumbra a esa cultura competitiva en todos los órdenes de su vida. Esa cultura competitiva con la que le machacan desde las convenciones sociales y en cuya falta, o ni siquiera, en su falta de ardor, late un desprestigio social. El mensaje implanta la creencia: Quien no es competitivo no es un hombre moderno, preparado para la vida agresiva que exige la competencia. Este mensaje. Además, se recrudece en tiempos de crisis, sobre todo de crisis económica. Las otras suelen llegar derivadas de esta. En tiempos de crisis en los que abundan los ERE y despidos directos, mucha gente pierde la autoestima por razones obvias. Algunos, incluso, no lograran recuperarla nunca y los cursillos del INEM para volver a encontrar trabajo, inciden sobre todo en la agresividad en la búsqueda y el desarrollo del espíritu competitivo. Hay gente preparada a asumir toda la carga de trabajo que tenga posible soportar. La acumulación de obligaciones se entiende como un valor de seguro de empleo frente al empleador.

La competitividad es un concepto tan poderoso que apenas deja antónimos. Quien no es competitivo, tiene pocos vocablos que le definan que no sean algo denigrantes. Y este concepto es perfectamente aplicable al deporte profesional, por ejemplo, aunque no tanto al aficionado. Pocas áreas de la vida del hombre se escapan de esa idea que solo vale ganar. Estamos acostumbrados a ver como deportistas que juegan una final de lo que sea, y pierden se arrancan del cuello las medallas que les coronan como segundos, aunque sea de Europa o del Mundo. Ya no les vale ser segundos con tantos y tantos detrás de ellos que nunca han llegado como ellos allí. No me parece, como a veces se comenta, un acto de soberbia, sino de frustración, porque solo les vale ganar. Y para ello han hecho todo lo que hiciera falta.

Hay un orden social donde se mezclan estos conceptos de forma algo maquiavélica: El periodo electoral. Los partidos políticos quieren, en nombre de sus votantes, incluso los posibles, ganar a toda costa y responder con el triunfo a la confianza depositada en ellos con el voto ciudadano, y para ello gastan y gastan en campañas de comunicación de todo tipo, incluso, el dinero que no tienen y que necesitan sacar del gran saco de la corrupción. Lo que ocurre es que todos ellos saben que no van a ganar, es decir; no van a ganar lo suficiente. Pueden conseguir más votos que nadie, pero no les valdrá para formar gobierno que es la verdadera victoria, por precaria que sea la vía que se lo permita y al margen de los peajes que tengan que pagar por ella.

La propaganda electoral nos emponzoña la vida diaria con mensajes sedicentes cada vez más populistas. Recomiendo echar un vistazo a las actas del Parlamento entre el 31 y el 36, en tiempos de la II República española. Verán la calidad cultural e intelectual de los discursos y su ambición teórica y conceptual. Ahora, los discursos se embriagan de Share y telegenia en busca del manejo y abuso de lo popular para llegar a todas las molleras con capacidad de voto.

Pues bien, se votará, se hará el recuento y volveremos a las negociaciones donde una vicepresidencia aquí o allá puede permitir o impedir formar gobierno. Y a los ciudadanos, como a los deportistas de los que hablábamos, no les vale ganar por negocio de sillones. Para el ciudadano, ganar es ser gobernado sin memeces de poltronas o coches oficiales. No le vale ganar (solo) ni de cualquier manera.

Si solo es posible el desencanto volvamos a los hechos. Junio