Palabras invisibles

En los entresijos
de la cultura moderna,
resucitando los convenios
de la locura
(Jon Andión. “Palabras invisibles”)

La gente sabe lo que es coger el rábano por las hojas. Aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid y comprarse por fin aquella camisa de colores de la semana pasada. Así tomo yo esos cuatro primeros versos del primer libro publicado por mi hijo Jon para explicar lo que quiero, o mejor dicho: Lo que no tengo más remedio que intentar explicarme, para así, a lo mejor, conseguir explicarlo.

Nadie duda que fue la comunicación verbal. El lenguaje reflexivo, articulado, lo que nos hizo humanos. Lo que permitió que fuéramos capaces de trascender de nuestra exigua y mortal estructura física y vivir a partir de ahí en los otros. Los que hubieran escuchado lo que decíamos y se hubieran quedado con ello, fuera la explicación más elemental para el uso de un arma o las dudas sobre quien colorea las nubes. Los seres humanos lo somos en tanto en cuanto construimos, comunicamos y almacenamos símbolos suficientes para manejar el entorno. Solo aprendemos porque lo hacemos desde los demás, aunque como dice el viejo dicho, siempre nos cueste más en cabeza ajena que en la propia. A pesar que lo veamos en otros, necesitamos verlo nosotros, aunque afortunadamente no todo.

Por tanto, se dice que somos esclavos de lo que decimos. Es cierto que incluso en el proceso de la self communication, la intracomunicación, la comunicación con nosotros mismos, muchas veces necesitamos traducir el pensamiento y verbalizarlo, decirlo en voz alta, aún sabiendo que nadie más que nosotros nos escuchará y por ende, esa voz alta es prescindible, y sin embargo lo hacemos, porque oyéndonoslo, lo certificamos, lo dejamos seguro.

Sin embargo, muchas veces es más significativo lo que callamos que lo que decimos, por eso se dice que somos dueños de lo que callamos. Vale. Pero la frase que encabeza estas cuatro letras no se refiere a ninguna de las dos cosas: Lo que decimos y lo que callamos, sino a lo que no se ve (oye) en lo que decimos y lo que no se ve (oye) en lo que callamos y por supuesto en lo que escribimos.

Se dice que cualquier elección es a la vez una desestimación, escogemos y desechamos a la vez, por eso casi nunca nos parecen elecciones completas, plenas.
La vida moderna, está llena de palabras aunque en función del progreso cultural y las modas, algunas de ellas se quedan obsoletas y salen del lenguaje coloquial, mientras, otras se incorporan adquiriendo vigencia en diferentes estratos sociales y culturales. Palabras que nos asoman a universos de contenido luminoso, ventanas inigualables para descubrir lo desconocido o comprender mejor lo conocido. Las palabras, además llegan a adquirir en determinados momentos, valores imprescindibles, como el que vivimos ahora y desde hace meses: Una interminable etapa electoral. En ningún caso la sociedad civil en su conjunto esta más atenta a lo que dice uno y otro y a lo que dejan de decir uno y otro. El asunto, sin embargo, parece algo más peliagudo. No se trata de descubrir lo que se oculta, sino de intentar ver lo que a simple vista no se ve. Aquellas palabras que están ocultas tras las que se verbalizan o escriben, sea porque se han puesto allí de manera deliberada o sea porque ellas mismas se hayan colado por ahí como consecuencia de lo que se ha dicho o escrito. No es fácil la operación pero no es imposible.

En los entresijos de la cultura moderna necesitamos un convenio universal para proporcionarnos los elementos necesarios para el 3D de las palabras: Las invisibles.

Alguien ronca en el asiento de al lado pero sueña y sonríe, viaja. Mayo