No basta un corazón y II

No puede un corazón cambiar al día el color
Domingo puede ser jueves o no. La misma hora el reloj.
Almanaque de la monotonía. El mundo gira alrededor
Con el mismo sabor, noche o día
No queda corazón. Nada de corazón.
Cuando el destino tuerce su renglón y deja la vida absorta
Detenida en el vuelo de una mosca. Velando el alma perdida
En la derrota cantada. Siempreviva.
Rostros sin rasgos. Voces sin ecos.
Números vagos. Idus aviesos
Un disparo al corazón afligido
del hombre útil que queda ensimismado.
Sin Dios que amanse al animal furtivo
que asuela el corazón de los parados

La gente sabe que una de las peores faltas de educación no es citarse a sí mismo, sino volver a hacerlo. MI madre no lo habría consentido. Pero estoy en las fauces de esa canción y no me resisto a explicarla, quizá un defecto aún peor, pero que consigue calmar las dudas del creador añadiéndole razones a la obra, que por supuesto le sobran, pero que sirven para quedarse uno a gusto, después de haberse quedado con la mirada del corazón enganchada en un sentimiento inmutable. Por eso copio los versos de la segunda parte de la canción.

Se suele decir que las cifras son frías, pero no me lo parece, no es lo mismo 1 muerto, que 10. A principio de este año en 1.610.900 hogares, ninguno de sus miembros tenía empleo alguno. No me parecen cifras frías, sino al contrario, un fresco de desesperanza junto al que es muy difícil pervivir.

El empleo, hasta la consolidación de la sociedad industrial estaba atomizado en torno a dos actividades fundamentalmente: El campo y las manufacturas. Y en los dos, se daban condicionamientos familiares muchas de las veces, trabajar era vivir el trabajo y la distancia entre este y la vida social era más bien pequeña, y sobre todo, se trabajaba para comer, para vestir, para existir.

En esta sociedad nuestra, que ha consolidado las diferencias entre quienes detentan los medios de producción y quienes aportan el trabajo, ha añadido además, un frenesí consumista que se ha convertido en una vigencia social, traspasando todos los posibles niveles sociales. Quien puede comprar y quien no puede comprar, es hoy más que nunca la regla diferencial en la conducta social y por ello, la provocadora de los traumas personales subsiguientes. Con un añadido perverso. En todas las casas hay televisores donde se exhiben todos los símbolos del consumismo que ha conseguido convertirse en el principal anhelo social.

Un hombre que no trabaja en esta sociedad es un rostro sin rasgos como dice la canción. Un elemento inútil en un mundo en el que lo útil ha alcanzado cotas de aprecio social inauditas siendo el principal valor de su precio. Un trabajador en paro es una lucha desesperada por la consideración personal de los otros. Una vida detenida y absorta en el vuelo de una mosca. Un paniaguao. Y eso no hay corazón que lo aguante.

El paro, además, como todos los desastres se ceba donde más duele. Las personas mayores de cincuenta años, los jóvenes y las mujeres. Justo los tres sectores de la población que más lo necesitan, quienes más dificultades arrostran y los que más lastran al país.

Dense una vuelta por la cola de INEM y luego me dicen. Esa bacanal de vergüenza nos devuelve la cara más temible de esta sociedad esclerótica que juega a que lo banal sea la bandería de todos, mientras paga subsidios para que no se la moleste.

Malos tiempos para los valores. Silencio. El mundo se ha dormido. Mayo