Baile de máscaras

La gente sabe el valor de ocultarse. Lo practica incansablemente desde siempre. El hombre es un mago del disfraz y se vale de el para sugerir parecerse a su enemigo o a su ídolo. La máscara ostenta el valor simbólico que representa, con ella se han desarrollado partes extraordinarias de la vida humana. Los chamanes la han utilizado antes de las civilizaciones y en las mas antiguas de estas, la china, la mesopotámica, la egipcia, obtiene valores sobrehumanos. De algunas de estas, míticas, como la egipcia, nos queda quizá la mas famosa de la historia: Tutankamon, de la momia sabemos mas bien poco, pero su máscara nos transporta directamente a la ciudad de Tebas en vuelo sin escalas a través de los miles de años transcurridos.

La civilización cristiana, basada en el culto a la imagen, por su carácter aglutinador de las señas identitarias de las anteriores a ella, desarrolló su uso hasta tal punto que aún en las peores épocas de su magisterio, cuando mas arreciaban los postulados mas extremos, no solo permitió su uso sino que lo reguló. En la batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma, el carnaval es un paréntesis de libertad que permite vestirse de otro, actuar como otro y quizá, conseguir los fines de otro. Detrás de esas máscaras están las relaciones mas heterodoxas que ni la sociedad civil consentía. La mujer se pone máscara de hombre y al contrario en el baile mas especulativo de las almas ocultas.

La máscara oculta el rostro y propone una interpretación simbólica compleja, tanto como pueda ser de intrincado el simbolismo. Ese disfraz lo ha usado la gente y lo sigue usando con el fin de obtener rendimiento del error. Es lo que propone la máscara, no pretende hacer creer sino lo que se pueda imaginar de su intención. La irrealidad expresa, consciente, intencionada. Nadie puede creer que quien se pone la máscara sea lo que esta representa sino lo que esta propone.

Pues bien, en esté país de nuestras entretelas, nadie muestra su rostro en el combate político. Cada cual se remite a su máscara como refundamentación de su conducta. De lo que dice y de lo que hace. Siempre con la máscara puesta. Eso termina por trasladarse al mundo circundante, es decir a los electores, dado que no se ve por ningún otro lado la posibilidad de mirar por detrás del engaño. Las gentes, se han desacostumbrado a mirar y estudiar rostros. Ya nadie habla por si mismo, sino por su personaje en el Baile. El que le ha tocado o el que ha escogido. Da igual. Al fin y al cabo, sin máscaras no habría baile.

El Bueno, el Feo, y el Malo siguen bailando con los demás y sus máscaras reconocidas vendiéndose por millares. El bueno de Julio Anguita, con aquella muletilla de maestro de escuela (lo que es) de: “Programa. Programa. Programa. Hace mucho que se ha ido al garete y nadie la reivindica en el panorama político actual. Se ha quedado viejuna, como su barba nazarí.

Los representantes de los partidos políticos se afanan en tener mantenida su colección de rostros figurados para poder usarlos con eficacia cuando se preciso. Ayer mismo se escuchaba a Pablo Iglesias, de Podemos, contar que su madre le dice: “Hijo se te está poniendo cara de Presidente”. Yo mismo lo oí. Solo una madre podría decir tal cosa sin ruborizarse a continuación.

Con todo, lo peor es que este tiempo, lo hemos perdido entero en el Baile y la música que suena para el siguiente, se parece mucho a esta que suena y muy pronto, nos tendremos que poner de nuevo a contar las máscaras que de nuevo cambiarán para la ocasión del Baile Electoral. Como la intención del principal carnaval, el de Venecia, desde que se desarrollo en el siglo IX era mezclar la nobleza y el pueblo, a lo mejor esta vez tenemos suerte y se mezclan.
Una cuarteta bufa decora el antifaz de los que aún se sienten perdonados. Abril