De los delitos y las penas

Penal de Topo Chico

Penal de Topo Chico (Monterrey) | EFE

La gente sabe que siempre hemos andado a vueltas con el talego, puede que porque todos estamos en continuo riesgo de que nos guarden en él desde que vivimos en sociedad y bajo sus normas, escritas o no. La vida del ser humano está en contacto directo con el delito y sólo la conciencia o la ideología, además de la religión, nos sirven de parapeto ante la opción de delinquir.

Siempre nos parece que vivimos una época con presencia especialmente remarcable del delito, pero es sólo una ilusión falsa más. Porque el delito forma parte de la conducta, grande o pequeño, punible o no, delinquimos más de lo que pensamos, por eso siempre nos parece que es ahora cuando más delito hay.

Es verdad que a cada época, lógicamente, le corresponde una suerte de delincuencia contemporánea, no tanto por la acción cometida sino por el sistema punitivo vigente. No es necesario recordar aquí dónde cortan la mano por robar, o apedrean por pegarse un revolcón con el vecino. Pero es verdad que la relación delito-pena comienza a racionalizarse más o menos desde que Cesare De Beccaria publicara hace 250 años su tratado del mismo título de estas líneas.

Es verdad que en determinadas sociedades y espacios temporales concretos parece que hubiera una virulencia delictiva y por tanto su consecuencia penal más acrecentada y puede que efectivamente, en esta sociedad nuestra, tenga razón el Profesor Luís Arroyo Zapatero, Rector Honorario de la Universidad de Castilla-La Mancha, e insigne penalista cuando pone el dedo en la llaga de nuestro tiempo al decir: "...Los medios de comunicación modernos han estimulado hasta el paroxismo tanto el espíritu de solidaridad con las víctimas, como el espíritu más primitivo de venganza. Esta coincidencia y combinación lleva a una política criminal primitivista, que causa más daño social que beneficio...". Qué duda cabe que cuando leemos, por ejemplo, las consecuencias del enésimo motín sangriento en la cárcel mexicana de Topo Chico, en Monterrey, que algunos cadáveres no se pudieron identificar porque: "nadie sabe quienes son". Si eran reclusos no estaban identificados y si no lo eran: ¿Qué hacían ahí? Es verdad que la realidad social mexicana y su relación violencia-conducta social es especial y que cualquier consecuencia que se pueda sacar de ella solo serviría para ella misma, pero parece que cada vez más, los medios de comunicación prestan más atención a la vida carcelaria, probablemente en busca de noticias que vendan periódicos.

Lo que sí parece mas claro es que como apunta el Profesor Arroyo Zapatero, la ambición de obtener beneficio social de la reinserción que debe producir la pena de cárcel, se diluye, según la conducta delictiva se asoma al espectáculo de los medios, logrando vender como churros la última novela de Don Winslow El Cártel, o vender cada vez más CDs de narcocorridos. Poniendo de moda el crimen colocándolo a la altura de cualquier conducta humana susceptible de ser trending topic. Lo que sólo vuelve a demostrar que la capacidad humana para la maldad y la truculencia no tiene límite. No es necesario recordar el circo romano o volver a leer La vida secreta de los mongoles. Sólo hay que prestar atención a lo que se publica cada día. Los telediarios se parecen a El Caso y cada vez más se amplía el capítulo de detalles en la información criminal abundando y ahondando en su manifestación más cruenta y atrabiliaria.

Si esto sigue por donde va, va a haber más tortas por entrar en prisión que por hacerlo en Gran Hermano. Los que lo consigan van a tener más publicidad y resonancia social.

La sangre sigue fluyendo de los caninos de los hombres, aunque aseguren creer en el orden social.

La mirada criminal sale de los ojos de los malos a los que los miran. Febrero