Lenguas muertas

La gente sabe que la lengua es la vida. Sin la lengua no seríamos capaces de sobrevivir. No podríamos comunicarnos con los demás ni alcanzaríamos a aprender lo mínimo para que no nos comieran las fieras. Las de hoy me refiero. En realidad, el concepto de humanidad se visualiza en la lengua. Somos lo que somos porque hablamos un lenguaje más o menos común y cuando lo abandonamos nos quedamos solos que es como morir. La lengua no solo nombra al hombre sino que define el mundo, que así y por ello, existe.

La humanidad del hombre descansa en su capacidad simbólica. El mecanismo por el cual interactúa con el otro a través del intercambio simbólico, escrito o hablado. Hasta que el hombre supo que aquella imagen que le reflejaba en la tranquila superficie del agua no era él mismo, tuvo que trajinar en su mente mucho tiempo para comprenderlo. Aprendió que cuando tocaba la superficie del agua, su cara se borraba mientras el permanecía allí. Nada fácil de comprender. Pero alcanzó a discernir su imagen de sí mismo y desde ahí, la manera de representar la realidad por medio de signos, símbolos de igual valor que su referente.

A la gente no le hace falta sumergirse en ninguna teoría del lenguaje para percatarse de la cantidad de vida que tiene depositada en el. Sin la lengua habría sido siempre un hombre solo y hoy solo seríamos miles de millones de hombres solos, no seríamos un conjunto de sociedades ni de culturas. El mundo solo sería lo real.

Pero también sabe que debe cuidar, sanear y remozar la lengua para que responda a los retos de los cambios vitales, los descubrimientos científicos, etc. Tiene que mantenerla viva. Y hay que saber que se calcula que cada año mueren 25 lenguas para siempre. Hoy se hablan en el mundo unas 5000 lenguas. La mitad de las que se hablaban en el siglo XVI. Pero para finales del S XXI se espera que esas lenguas se hayan reducido a 2.500. Hoy, de esas 5000 que hablamos, solo 600 las hablan más de 100.000 personas. Las demás no se podrán mantener. No podrán sobrevivir las 850 lenguas que se hablan en Nueva Guinea, o las 670 de Indonesia, o las casi 300 de Camerún. No podrá ser.

Es cierto que algunas lenguas renacen, pero los ejemplos son escasos. El Euskara lo hablaba hace treinta años menos del 20% de los vascos, y hoy la hemos renacido. Quizá el ejemplo mayor fuera el hebreo, muerto durante 2.500 años y renacido desde 1920 aproximadamente.

Pero las lenguas que se mueren no solo lo hacen porque las culturas que las hablan desaparecen o dejan de tener hegemonía. Las lenguas se mueren por muchas causas y una de ellas es por su incapacidad para representar el mundo y su contemporaneidad.

Las lenguas se vacían de contenido cada vez con mayor celeridad. Cada vez se usan menos palabras y se usan para más significados, lo cual las hace más asequibles pero más pobres e imprecisas. Solo las lenguas más universales son cada vez las más usadas. El inglés y el español, por ejemplo. Son lenguas modernizadas que responden con flexibilidad y rigor a la vez a los retos del desarrollo humano. Eso, claro, siempre que uno no se fije en el lenguaje usado por algunos colectivos que no quisiera nombrar y que encabezan cada frase al responder a la pregunta del periodista con la coletilla: “Si, la verdad es que...”

El español es sin duda una lengua muy viva, puede que cada vez más, pero cada día se muere también algo en ella. Irremisiblemente.

En las lenguas muertas está la infancia de la humanidad. Enero