Las formas en política

La gente sabe que se aprende por emulación, lo que conlleva el aprender las cosas de la misma manera que se practican por quienes nos las enseñan o en quienes nos fijamos para ello. El mecanismo es tremendamente eficaz pues consigue rentabilizar el conocimiento al máximo. Todo aquello que se haya conseguido perpetuar como conducta conveniente, se traslada fielmente a quien tomándola en ese caso como suelo de su propia conducta futura y no como probablemente la toma quien nos la muestra, seguramente alguien mayor que nosotros para quien ese conocimiento forma parte de su cielo. A ese mecanismo esencial durante la mayor parte de la vida del hombre en este Planeta lo llamamos Tradición, del latín Traditio, mecanismo por el cual se transmiten los conocimientos de generación en generación. De ahí el concepto tradicional a quien se rige de esa manera más conservadora.

La realidad es que aunque hoy en día la mayor parte de los conocimientos que adquirimos no nos vienen del consejo experto del anciano sabio, sino más bien de la dudosa autoridad de los buscadores y páginas de internet, todavía emulamos una enorme cantidad de simbolismos tradicionales. Llamamos de usted a quien no conocemos suficientemente, bebemos en los bares y rezamos en los templos y así, sin fin, nos acoplamos a un catálogo de comportamientos establecidos como pertinentes que sin duda nos facilitan la existencia. Es verdad que al igual que los tiempos han cambiado, también aquellas rancias costumbres se han visto modernizadas por el transcurrir de las experiencias humanas.

Esas costumbres que nos emparentan con aquel Mos Maiorum, de la Roma antigua, normas para que un romano pudiera acceder a la categoría de civis, de civil, son de uso más restringido en algunas actividades o espacios personales o públicos y de mayor exigencia y rigor en otras. Los sábados por la noche podremos ir en vaqueros o atrevernos a traerle de regalo a la parienta un juguete sexual, pero si nos toca ir de funeral, acudir a un juicio o entrar por la puerta del Parlamento de la Nación, seguro que la cosa se complica. Y de ahí estos días de diatribas callejeras sobre si el bebé de la seora Diputada debió de sentarse en la bancada junto a su madre o no, o si las rastas del diputado de Podemos pudieran infectar de parásitos (sic) la cabellera de sus señorías del PP. No es baladí el asunto. Muchas de las personas con las que he hablado esta semana, curiosamente, me han manifestado su desacuerdo con estos asuntos de coletas y corbatas. Unos habrían firmado aquel comentario del Procurador Suetonio (92 a c) “Todo lo nuevo que se hace en contra de los usos y las costumbres de nuestros antepasados no parece ser correcto” precisamente en una crítica a determinadas conductas en el Senado romano, y otros, sin duda, lo hubieran convertido en una buena chanza.

Lo cierto es que en estos días de incertidumbre política y cambios aparentemente trascendentales en la composición de la Cámara de Representantes, no solo se vislumbra desinflarse el balón del cuestionamiento de derechos sino que se asiste al espectáculo de una lucha por la simple redistribución de esos derechos. Las porciones del pastel cambian de lado de la mesa con una desfachatez escabrosa. Mientras, la calle debate de nuevo sobre pañales y champú. Encorbatados y desastrados se cruzan por los pasillos aprendiendo a conocerse y en los bares la discusión se banaliza convirtiendo casi todo en chiste, joda.

Hoy en día parece que si la política no hace gracia no tendrá Share suficiente y la retiraran de la programación. Saldrá de la parrilla de TV. Así podremos ver más programas de cocina y cocineros y otras cosas que no nombro.

Trescientos cincuenta personajes en busca de autor. Y de peluquero. Enero