Y el parlamentarismo en el diván II

La gente sabe, como Don Antonio Machado, pararse para distinguir las voces de los ecos. Es más: Le es imprescindible. Las cosas dichas quedan dando vueltas en los oídos humanos provocando las consecuencias naturales de haberlas oído, y a veces, nos cuesta luego recordar que era lo que oímos y que es lo que seguimos oyendo. Puede que sea una más de las razones por las que desde las Asambleas Populares en Francia entre 1789 y 1799, se intentó dejar constancia de los discutido en los Diarios de Sesiones. Pero fue precisamente ese carácter rabiosamente popular de acción democrática directa el que enseñó la puerta de sus limitaciones: Su tamaño.

La Democracia participativa o semi directa se transformó obligatoriamente en una democracia en la que la que las Instituciones representativas prácticamente tienen el monopolio en el ejercicio del principio democrático, dando a luz a una Democracia solo representacional.

Todos los que asumimos responsabilidades en la lucha antifranquista sabemos lo que costaba sacar las conclusiones en las Asambleas. Discusiones sin fin que terminaban con la entrada de la fuerza pública y las detenciones. Esta contradicción está en la esencia de la participación democrática y la capacidad de armonización de los diferentes postulados en una resolución común que no termine en un simple café para todos.

Los constituyentes españoles en 1977 lo sabían muy bien. Muchos de ellos pasaron días en las Asambleas interminables, así es que pensaron (supongo) que había que favorecer el gobierno de tantos y tan distintos como éramos en aquellos días. Conocían la debilidad de los grupos resistentes y sabían las tendencias de los partidos políticos que habían resistido el exilio, fundamentalmente PSOE y PC, por eso propusieron añadir al sistema de representación popular las correcciones del belga D´Hondt de finales del siglo XIX con el fin de favorecer mayorías absolutas e Instituciones políticas fuertes y consolidadas (la casta de hoy), una Ley profundamente injusta en su resultante actual.

Por eso esa democracia solo representacional, parece abocada al diván del psicólogo en busca de una solución a sus contradicciones. Los partidos políticos herederos del exilio antifranquista terminaron todos bajo el paraguas del PSOE que, de esta guisa, se fue conformando cada vez más en un partido contenedor de tantas cosas diferentes y antagónicas incluso, entre sí, que cada vez parece más una suerte de partido peronista donde caben todos los cajones de sastre que pueda uno imaginarse. El partido Popular no le anda a la zaga. Abriga las viejas tendencias neofascistas y las posiciones centradas y el esfuerzo interno es tan enorme que apenas le quedan fuerzas luego para abrir la boca.

Los nuevos partidos Podemos y C’s fundamentalmente se afanan en mantener la promesa del cambio mientras miran de reojo las posibilidades que se les van a presentar, si o si, de cobijarse en las alianzas post electorales alrededor de los partidos mayoritarios o arriesgarse a quedarse fuera de la acción política. Sería una necedad renunciar a eso, pero es una esquizofrenia, en muchos casos, apoyar a quienes se combate. A ver dónde se guarda uno, por ejemplo la CUP el discurso electoral con el que se han conseguido los diputados, para terminar apoyando al demonio. A ver quién deshace ese nudo y resuelve el enigma. La sociedad civil española está harta de perdonar verdaderas traiciones malditas de las promesas electorales en los programas de gobierno y que no nos cuenten aquello de la quinta columna.

¡Quosque tandem abutere Catilina patientia nostra! Enero