El parlamentarismo en el diván (I)

La gente sabe desde que se crearon las primeras formas de convivencia y colaboración social, que las cosas se solucionan hablando. Los demás, sería el mantra de partida. La conciencia del otro, su consideración y apreciación. Ya sabemos que el hombre se convierte en tal cosa cuando repara en el otro. Esa conciencia le diferencia del resto de animales y esa percepción, precisamente, es la que le da la categoría racional. Ninguna reflexión puede ser posible en la conciencia individual estricta. Directamente tendríamos que decir que sin los demás no somos nosotros. La historia, tomada como tracto temporal de culturas, ha desarrollado infinidad de formas colaborativas. Tantas como modelos sociales ha ido promocionando y desarrollando. No existiría la posibilidad cultural sin los modelos asociativos.Ya sabemos que seguramente mantuvo la vida desde el primer instante de conciencia, pero esa vida primigenia no logró sobrevivir sino en unas pocas formas de unos pocos individuos, mientras que en el resto de casos, su ausencia,probablemente desencadenó los acontecimientos que terminaron en su desaparición.

Es precisamente esa socialización en segundo grado la que permite superar los retos de la supervivencia y transformar el albur de la vida cotidiana en una cadena de acontecimientos que perduran por su propio carácter cultural. El lenguaje, sin duda se transforma en el vehículo nuclear de la cultura al transmitir valores simbólicos precisos, poniendo a la gente al habla.

La gente sabe que necesita hablar con los demás y la primera de las decepciones que experimenta es la limitación de esa libertad conquistada. Las reuniones cada vez mas multitudinarias se alargan indefinidamente sin que se puedan sacar conclusiones que provoquen actitudes. Por eso, se esfuerza en estructurar las formas interactivas, dando cauce al intercambio de creencias que pueda ser útil, de ahí la transformación del modo asambleario en estructuras representativas, que puedan aportar las dos cosas principales que se precisan para hablar y ser oído: La representatividad y el reconocimiento. Es decir: Que quien habla lo haga como legítimo representante de un colectivo que a su vez haya depositado en él, el reconocimiento personal necesario como para que sus pares le respeten igualmente.

Solo de esa forma se asegura la llegada de los intereses grupales y la mejor oportunidad de que sean tomados en cuenta por los demás representantes. En buena parte de la historia, asientos reservados a quienes tenían mas que decir aunque no aportaran nada mejor que decir. Los que durante mas tiempo hubieran vivido para aprender mas cosas: Los ancianos. Elegidos por su mayor fondo de armario vital y la presumible paciencia para soportar los intercambios de pareceres. Es verdad que durante la mayor parte de la historia, esas formas representativas, solo respondían a los intereses de los que formaban la sociedad civil correspondiente, es decir, aquellos que podían tener voz.Y muy pocos la tenían, por eso muchas de esas formas, eran en realidad, un acuerdo previo de clase que se representaba en un espacio concreto, Llamándose, Senado, o no. Como en tantas cosas de nuestra vida moderna, fue la revolución de la sociedad civil en Francia con la proclamación del Tercer Estado en 1789 la que cambió las cosas, sustituyendo L’Ancien Regime, instaurando el concepto de soberanía popular y sirviendo de ejemplo para el resto del mundo.

Desde ese momento hasta hoy, han sido los únicos años en la historia del hombre en los que la voz popular se ha podido oír, aunque, como parece en nuestro caso desde el 20N el griterío no permita armonizar el vocerío.

Continuará.........
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¡Las voces y los ecos se disputan el verso que viene de nuevo! Enero