Teoría de los objetos

La gente sabe cómo llamar a las cosas por su nombre aunque ni siquiera lo sepa. Sabe cuando una cosa es pronunciada con justeza no en vano su desarrollo se basa en gran parte en eso, en conocer el nombre de las cosas. Esas cosas que a su vez le hacen ir acumulando conocimientos sin tener que experimentarlos. Las cosas le enseñan la vida y en general, el hombre construye su vida alrededor de las cosas. Los objetos forman parte de nuestra historia y son los testigos fundamentales de nuestro pasado. Se podría decir eso de “Dime que has usado y te diré quién eras”.

La gente de hoy ha construido a su alrededor una esfera de usabilidad que le permite acceder a asuntos que ni siquiera sabemos que existan de verdad. Entelequias que terminan conversando con nosotros. Espacio de comunicación que no tienen un lugar fijo, errabundos como la propia comunicación. Y esa esfera en la que se usan tantas cosas va desmaterializándose cada vez más, va dejando de gravitar alrededor del uso de los objetos porque estos cada vez son más virtuales, menos físicos, aunque no sé si esta es una frase ajustada a la realidad. El caso es que alrededor del ser humano ha girado una tecnología adecuada a su tiempo y sus posibilidades, a su cultura y a sus gustos. Todas las culturas vencidas son interpretadas por los objetos que hemos heredado de ellas. Se supone que el más antiguo del mundo es una flauta hecha con un hueso de buitre encontrada en Alemania que tiene 40.000 años de antigüedad y que nos dice de quienes la hicieron, los Neandertales, más que cualquier otra investigación. Gente que gustaba de la música. O la Venus de Hohle de 35.000 años que nos dice que las mujeres de entonces tenían mucho pecho o quizá que a quien la hizo, le gustaban con las tetas grandes. La bolsa de dientes de perro de 4.500 años (Alemania), el zapato de 5.500 (Armenia), la partitura para Lira de 3.400 (Ugrit, Turquía), o los calcetines de lana de Egipto del 449 a.c. Son otros ejemplos de cómo nos interpretan las cosas que fabricamos, y que suelen durar mucho más que nosotros aunque algunas se hayan perdido como la receta del Garum, famosa salsa de pescado podrido que exportábamos a Roma desde Cádiz y que nos hizo famosos en todo el orbe conocido.

Lo que está claro es que la cultura ha estado interpretada por los objetos, sean cotidianos o extraordinarios, de los inventos hablaremos otro día. Y el problema se nos plantea con el futuro y la cultura digital. Mucho de lo que somos hoy es una combinación de series de números binarios, es decir otra entelequia. Sabemos que están ahí para ser interpretados por los ordenadores y traducidos a datos, imágenes o notas musicales. Pero en realidad todo está en la nube, nunca nombre mejor encontrado. Mientras, la producción de objetos que eran imprescindibles se transforma en colecciones de curiosidades o materiales de duración estimada para que necesiten una renovación a medida. Ya no tenemos esa pulsión de ser enterrados junto a nuestros enseres como los egipcios y cada vez mas somos incinerados al morir o sea que no podrán descubrir como por un huesecito del oído Arsuaga descubrió que el homo antecesor de Atapuerca, hablaba.

La desobjetualización de la vida contemporánea ha dejado atrás industrias enteras como la música, hoy recluida en nubes almacenando toda la música de la historia. Ya nadie compra un disco físico. Que me lo digan a mí.
Si somos lo que los objetos que fabricamos dicen de nosotros, el futuro dirá tan pocas cosas de nuestra era que puede que estemos iniciando el cambio evolutivo preciso para prescindir de las manos inútiles en poco tiempo. Menos para los guitarristas como yo. Menos mal.

Otro suicidio describe la inutilidad de la alegría. Octubre