El revisionismo histórico

La gente sabe aquello de que si uno olvida el pasado se verá obligado a repetirlo, por eso, se afana en mantenerlo a la vista. En cualquier casa de cualquier condición encontrará usted alguna fotografía de boda de los antepasados de sus habitantes, y en la conversación saldrán las frases que decía su madre o su padre o aquella carta que dejó el suicida etc.
La gente recuerda lo que ha pasado y de esa manera saca la conclusión pertinente que le permite aprender en cabeza ajena. Ya se sabe que para esto último, la gente suele ser dura de mollera pero el mecanismo está en el gen propio del hombre que es capaz de establecer un intercambio simbólico de forma que aprende de algo que no ha experimentado, pero que conoce de buena mano.

En algunos sectores sociales el asunto se estructura en torno al cuidado y mantenimiento de privilegios adquiridos. En las familias aristocráticas, se enseña a los vástagos desde muy jóvenes “la importancia de llamarse Ernesto” es decir aquellos acontecimientos históricos que tienen que ver con el pasado histórico de la familia y que justifican el modelo social en que se desarrolla. Es verdad que en muchos casos, además, se hace hincapié más en los aspectos sociales de la familia que en los personales porque cada uno tiene varios muertos en el armario que guardar y mantener callados.
En otros casos, cuando se pertenece a un grupo diferenciado, bien porque así sea reconocido por los otros o bien porque los miembros lo consideran, se mantienen los lazos con el pasado bien engrasados como el mejor pegamento grupal. Aquello que les ha sucedido a todos, los une y los distancia.

En el caso de los grupos culturales con conciencia nacional, el asunto del mantenimiento de la memoria histórica fresca es fundamental para sobrevivir, a veces en situaciones de indefensión o debilidad. Por eso, los emigrantes de una cultura, o lengua, se suelen agrupar, no solo por comodidad o relajación sino también como una reivindicación.
Las gentes que conforman una Nación, reviven los hechos históricos fundamentales para celebrar esa condición. La cultura franquista se acordaba de Don Pelayo o de José Antonio Primo de Rivera y celebraban el día de la patria el 18 de julio, día del famoso parte sobre la terminación de la guerra civil.

Los pueblos en su busca de fundamentación histórica se afanan en encontrar aquellos acontecimientos principales y su buceo histórico se aleja y se aleja sin fin aparente. Los catalanes reivindican ahora la fecha de 1714, como desde no hace demasiado tiempo se acordó trasladar el día de la Patria al 12 de octubre, fecha de la llegada de Cristóbal Colón al continente americano y algunos políticos de partidos alternativos se han manifestado en contra argumentando el carácter apocalíptico de la famosa conquista de América. Y tienen razón, pero es demasiado tarde. Me niego a aceptar esa responsabilidad tras más de quinientos años. Es demasiado. Volvemos a quienes ven la fractura antes que la junta. Prefiero quedarme con que la resultante de aquello fue el último gran cambio del mundo y la realidad de más de 500 millones de personas que hablan español en el mundo. Esa si es una realidad tozuda.

Revisar la historia es trascendental para ubicarse, pero manosearla para justificar posturas endebles es otra. Creo que en la historia entre España y América hay un montón de cosas que celebrar y la verdad, hace tiempo que no oigo eso de La madre patria. Afortunadamente, los americanos que hablan español hace tiempo que no tienen ataduras de ningún tipo con este país salvo, quizá, el gusto por el sujeto, verbo y predicado. Que no es poco.

Se avista la vida detrás del dolor como se descubre la luz. Octubre