Las influencias externas

La gente sabe, porque lo ha vivido cuanto le debe a los demás, a los otros, a aquellos con los que no contaba, los que ni esperaba ni le esperaban. Aquellos que no se le parecían ni compartían con el lo que ya sabía. Esos otros diferentes que le acompañaron en la vida para enseñarle el uso de lo desconocido. Así aprendió el valor de la sal como conservante, el sabor del vino, las propiedades del aceite, el gusto del tabaco o la técnica de aproximación a la pieza.

Hoy, la gente sigue sabiendo el valor de lo desconocido que aportan los desconocidos y que gracias a ello, los cocimientos para la supervivencia siguen adelantando, haciéndose más completos y complejos, adaptándose más a las nuevas circunstancias, a la vida, en suma.

En el mundo de la evolución, por ejemplo, sabemos que la hibridación entre especies, fue mejorando las existentes para poner en valor las resultantes, de modo que el mestizaje demostró que era el mejor valor de la genética aportando la variabilidad más objetiva y práctica para que los seres confluyentes tuvieran mayores posibilidades de progresar. De las diecisiete clases de homínidos clasificados hasta hoy similares al hombre, dieciséis sucumbieron y la hipótesis es que lo hicieron por pureza, por carecer de las precisas conductas para aclimatarse a los valores de aquel tipo sapiens sapiens que parecía que todo le cabía, que todo le iba bien y que así, recogiendo herramientas de vida de aquí y de allá se fue poniendo por delante hasta que excluyó a los demás.

Durante mucho tiempo, el valor de los descubrimientos se establecía en función de su eficacia, independientemente de su origen. Así, nadie preguntó quién traía el arroz, si no que se pusieron a cultivarlo, ni si las naranjas eran de verdad de la China o el tabaco americano o el café arábigo o las velas latinas egipcias o el arco y la flecha. La evolución da por sentado que son los otros, desconocidos, los que nos aportan lo mejor de nuestro ser resultante.
Pero eso fue así hasta que el hombre comenzó a acopiar bienes y saberes y sentirse con ello con el poder de negárselo a los otros. El principio de superioridad que le empezó a obligar a refugiarse en lo suyos para defender lo poseído. Sobre todo porque empezó a pensar que ya tenía lo suficiente. Y el hombre empezó a desarrollar el nacionalismo, la idea que lo propio es tan contundente que excluye lo de los demás, y empezó a equivocarse contundentemente o a desarrollar la hipocresía política, que de todo hay. Hasta ese momento ni los ejércitos que se enfrentaban por la idea de Dios eran puros. En los ejércitos cristianos que combatían a los moros, cupieron contingentes de estos últimos, como grandes paladines como El Cid, combatieron en las huestes moras. Sin la ayuda de olmecas y toltecas, jamás hubiera tenido éxito el emprendimiento de Cortés en México ni tantas otras empresas.

Eso sí que parece claro, pero he aquí que cuando uno se asoma a las tendencias políticas expresadas de los últimos meses parece que lo importante no es que uno sea el mejor ingeniero, sino el mejor catalán, o el mejor médico, sino el mejor vasco o el mejor abogado sino que hable bien galego o haya nacido en Jerez de la Frontera para ser enólogo.

Los nacionalismos modernos incuban en sí mismos una neo xenofobia que ya anunció Xabier Arzalluz al decir que cuando alguien aprende euskera ya no piensa igual. La oración debería ser de qué forma quien aprende euskera, que aporta al desarrollo de esa lengua. Si no, que se lo pregunten a los de Iparralde.

¡Cuánto cabe en la ignorancia y se expresa en el desconocimiento para alumbrar la verdad! Octubre