Los refugiados de guerra

La gente sabe, que las movilizaciones sociales son como las tormentas en el mediterráneo, siempre sorprenden al navegante se crean sorpresivamente como si de la nada se tratase. Surgen de asuntos tan diversos que es muy difícil predecirlas y por eso tampoco se conocen los mecanismos para provocarlas. Los grandes expertos en Comunicación global apuntas teoremas, modelos matemáticos que pretenden tener razón y los venden como churros a los coordinadores electorales de los partidos políticos, pero luego, cada vez, viene el tío Paco con la rebaja y de la marea humana que se ha previsto apenas se distinguen una columna de fieles.

La guerra por otro lado, madre de todas las desgracias “En la guerra no hay lugar para el sueño. Es una fábrica bien equipada para el aniquilamiento de la humanidad” Escribió Iliá Eherenburg sobre los dibujos que Fernand Leger el gran pintor cubista había dibujado en su estancia en el frente de Francia en 1915. No hay lugar para creer ni para entender. De pronto surge como de la nada, y al poco tiempo se ha generalizado en su completa coreografía del horror, ese sentimiento que tan bien expresa el Coronel Kurtz en Apocalipse Now. Y el horror no tiene límite. La muerte se propaga como la peste y no queda nadie que no haya tenido relación con ella. Las mujeres aprenden a enterrar y los niños desaprenden a llorar para no llamar la atención.

Todas las guerras son horribles, el horror es su bandera y los muertos solo son cadáveres aunque antes hayan sido médicos, homosexuales, congoleños o sirios, cristianos o animistas o musulmanes, pero es verdad que la memoria que amortigua la historia porque la mitifica, en ese ejercicio logra deshumanizarla un tanto y los hechos se refieren a las víctimas alejados del olor de los muertos, por eso, cada guerra que comienza termina siendo la peor, la emprenda quien la emprenda, el horror crece y crece y en un mundo como el nuestro, el olor a cadáver lo podemos oler en nuestra propia casa. La destrucción se acrecienta, la población sufre y muere y los soldados cantan victoria o caen prisioneros, eso, si antes no se ha levantado el baldón de “sin prisioneros”.

La última de las guerras horribles tiene lugar en Siria e Irak, de momento, y acrecienta su carácter apocalíptico porque en puridad no se trata de una guerra entre ejércitos sino un enfrentamiento entre milicianos, aunque con el tiempo, la profesión de matar se impone. Gentes de todo el mundo alistados en el Ejército Islámico combaten calle a calle con civiles que se arman a toda prisa para dar lugar a que sus huidos pongan tierra de por medio, mientras, la destrucción se envanece de rezos y proclamas.

De pronto la foto de un niño pequeño ahogado en una playa turca deshace el nudo de la hipocresía y la vieja Europa se moviliza y lo hacen sus gentes antes que sus gobiernos. Llegan 120.000 pero en poco tiempo serán 1.000.000 y más y más por la política de tierra quemada del islamismo extremo y ante las voces temerosas hay que recordarles cuan beneficioso fueron las mareas de huidos de la guerra en los países a los que llegaron. Ya sabemos que a los políticos les cuesta mojarse porque en el fondo están habituados a no hacer caso de lo que la gente siente, se han creído ese cuento de guardianes de la patria y son más papista que el Papa. Habría que recordarles, por ejemplo la actitud decidida y contundente del presidente de México Lázaro Cárdenas que acogió en ese país a más de 25.000 refugiados de la España Republicana y no se cuestionó cómo iba eso a influir en su País. Lo sabía, fue definitivamente beneficioso.

¡Viva México! Recuerdan las memorias irreductibles que hoy hablan sirio