Las falsificaciones

La gente sabe manejar la desconfianza porque es experta en vida y sabe que no se debe fiar ni del cielo. En cuanto se descuide, le caerá un pedrisco a destiempo y le fastidiará las previsiones de todo el año. Pero a la vez, busca ventaja. Está claro que de una u otra manera, el vecino intentará labrar la linde lo más apretadamente posible para irla corriendo poco a poco, a poco que pueda. La ventaja está presente en la vida de los seres humanos en todos sus órdenes y todas las artes desarrolladas por ella no son sino su búsqueda. En el amor o en la guerra, la posición preponderante asegura un inicio ventajoso al menos. Sin embargo, es curioso que el modelo de socialización humana esté basado en un principio de solidaridad, donde la confianza en el otro es la base de la relación y la cohesión de los individuos. De hecho, el hombre se junta con otro para dividir el trabajo y hacer más eficaz y resolutiva su propia acción, sea esta relación una partida de caza de los pigmeos bakaa en las selvas del Camerún o una sociedad financiera en el corazón de Wall Street. Los unos dependemos de los otros aunque desconfiemos. Pero comprendo que entre la señora amable que propone ayudarle a cruzar la calzada, el ciego prefiera antes al perro labrador. Sabe que no tendrá segundas intenciones.

Se dice que Al papel, como a la mujer, hasta el culo le has de ver. Porque lo que ponemos por escrito certifica existencia y es decisivo comprobar la veracidad de lo que dice. El caso es que incluso en documentos probatorios, el humano falsifica. Y lo hace desde la antigüedad. Ya en tiempos romanos algunos avisados, enterraban documentos y objetos fabricados por ellos mismos para que casualmente, fueran encontrados y aceptados como antiguos, de esa manera lograban fundamentar lo que querían, ya en el 181 a.c. Cuenta Tito Livio como dos labriegos que estaban labrando una tierra de L. Petilio descubrieron dos arcas de piedra con inscripciones que aseguraban que en una de ellas estaba enterrado Numa Pompilio hijo de Pomponio famoso legislador del 715 a.c.y catorce de sus libros. Todo había sido enterrado por Petilio, escriba y falsificador. Desde ahí, no hemos tenido sino un pléyade de gentes tendentes al fraude histórico. Y parecía que había sido posible por la imposibilidad de lograr una comprobación consistente de los hechos falsificados y que se pararía en cuanto la memoria histórica estuviera viva y contrastada. Pero no. El hombre cree como dice Julio Caro Baroja en su libro Las Falsificaciones de la Historia, que no le van a pillar por mucho detalle extemporáneo que haya incluido y por mucho descuido que haya tenido al intentar hacerlo creíble.

El otro día cayó en mi mano de forma interesada un extracto de un libro de historia catalana moderna y descubrí que de nuevo, podría volver a hacerse una Historia Falsa de España. Que no digo yo que pudiera ser hasta más amena que la real, pero ponernos a día de hoy a falsear la historia de antes de ayer es no solo atrevido sino ignorante. Lo peor, además, es que las ganas de creer esa falsa historia son tan enormes y generales que me temo que los que tendremos que cambiar la verdadera historia de España seremos nosotros, porque sin la misma propaganda, la verdadera parecerá más falsa que la falsificada. Y si no, al tiempo.

El hombre maneja datos inciertos a la luz de la conjetura. Julio.