La imagen y la palabra

La gente sabe que necesita conocer la cara del otro. Por eso, además, tenemos los ojos situados frontalmente como los predadores y no lateralmente como sus víctimas. La mirada certifica la sensación, por eso se dice aquello de ojos que no ven corazón que no siente. Miramos para que lo que oímos o tocamos u olemos es lo que nos parece que es, y el rostro del otro nos da informaciones precisas que aseguran los sentimientos. La imagen como elemento pedagógico es tan antigua como el hombre y dicen los paleoantropólogos que probablemente el hombre dibujaba en la arena las imágenes que veía como protolenguaje para explicar lo que aún no era capaz de hacer.

Las catedrales se llenaron de vidrieras para dotar a los paisanos de imágenes sagradas de manera que pudieran identificar fácilmente los rostros de sus devociones, parece más sencillo creer en lo que ves que en lo que imaginas. Hasta ahora, en estos tiempos donde la imagen lo enseñorea todo triunfalmente. El hombre ha pasado épocas más alfabéticas en las que la reflexión del conocimiento ha prevalecido sobre la generalización. La imagen es más inmediata y explicativa aunque contiene menos misterio. La palabra contiene su sentido en un número mayor de planos de conocimiento pero es menos inmediata, más compleja. No digamos si la alfabetización se ha realizado fuera de los años infantiles donde las cosas se aprenden sin querer más por intuición memorial que por otra cosa.

Platón lanzó una maldición sobre la pintura a la que por su imitación de la realidad acusaba de: “Ser tan falaz como la imagen del espejo y engañadora de los sentidos y la inteligencia” Es verdad que la consideración es hecha en el universo de la palabra dicha y oída fundamentalmente pero su sagacidad da en el blanco yendo a la mayor: la imagen representa el referente pero no es el referente.

Entre 1928 y 1929 el pintor René Magritte pintó un cuadro que describe una pipa o cachimba. Magritte pintó bajo la pipa: «Ceci n’est pas une pipe» (Esto no es una pipa). El cuadro no es una pipa, sino una imagen de una pipa. Como Magritte dijo, «La famosa pipa. ¡Cómo la gente me reprochó por ello! Y sin embargo, ¿se podría rellenar? No, sólo es una representación, ¿no lo es? ¡Así que si hubiera escrito en el cuadro “Esto es una pipa”, habría estado mintiendo!»

La palabra, como signo, también representa el significante pero lo explica describiendo la imagen, en este caso lo esencial es la relación arbitraria, no la semejanza o reproducción, como sucede en el caso de la imagen.

Hoy estamos habituados a aprender por imágenes como en la antigüedad. Montamos el mueble de Ikea porque su folleto nos muestra con una señaléctica perfecta que esquina debemos poner a la derecha y cual a la izquierda. La imagen nos muestra el camino y ese camino es rotundo, radical, riguroso, no hay otro posible que ese que se ve. Por eso hoy los poderes están tan interesados en desarrollar y difundir las tecnologías de la imagen, porque su interpretación es muchísimo más compleja que la de la palabra y mucho mas arbitraria. La imagen es un mandato que a la vez que ratifica lo que creemos, nos obliga a eludir opciones, por eso los poderes, que no pretenden extender la crítica y la reflexión sino la obediencia y el orden hablan en imágenes.

La cultura alfabética se bate en retirada a pesar del WhatsApp y el SMS o quizá por ellos. Sufre su mayor descrédito histórico y su mayor deterioro. La lengua agoniza sobre la lápida de las culturas obsoletas y enuncia un pareado consonante que es más un réquiem que una alegoría.

Las sombras de los árboles que se acercan como enamoradas para aparearse. Junio