La ambición cultural

La gente sabe que la ambición (ambitio-onis) ha sido motor principal en el desarrollo del hombre. Dice la RAE que se trata de “Deseo ardiente de conseguir Poder, Riquezas, Dignidades o Fama” pero digo yo que no solo. Puede que efectivamente en una lectura apresurada de los tiempos históricos nos salga en primera página esa ambición o deseo ardiente por conseguir esas cosas, pero creo, con perdón, que a la RAE le falta reflejar en esa definición la ambición cultural, entendida esta como ambición de conseguir conocimientos. El hombre se ha empeñado en conseguir reunir la mayor cantidad de saberes posibles para lograr desarrollar la tecnología tangible o intangible que le permitiera evolucionar y desarrollarse. Sin esa ambición no hubiera podido llegar adonde está.

La ambición cultural le ha permitido escuchar y aprender cómo se fabrica un carro de combate o un botijo, como se curan los males de estómago o como se cultiva el trigo. Toda la tecnología que el hombre ha ido desarrollando existe por su ambición cultural, y solo ella le sigue empujando a romper los límites, todos los límites, menos los del conocimiento que ya sabemos que no los tiene.

Los pueblos, como resultantes de la socialización de los individuos, desarrollan ambiciones derivadas que suelen parecerse bastante a las de los tipos que las conforman, de ahí los arquetipos que nos invaden presentándonos como nobles a los vascos, vagos a los andaluces o peseteros a los catalanes. Todo farfoya. Aunque es cierto que los espacios menores se representan en los mayores. Por eso cuando los individuos pierden una ambición, los pueblos parecen perderla igualmente.

De regreso de Argentina, donde se siente el latido de la ambición cultural por donde pases, nos recibe el tufo reseco de la hartura que vive este país desde hace tanto. América está repleta de interés y ambición de poesía, de música, de teatro, de cine de… lo que sea que piensen les puede hacer mejor. Pero aquí… Las cosas parecen haberse detenido hace mucho tiempo. Si uno echa la vista atrás y observa, por ejemplo la manifestación de la ambición cultural en tiempos de La II República, parece que los días duraran varias horas más que estos nuestros, que los versos y los poetas crecían como espigas, y el riesgo, sobre todo el riesgo que la cultura asumía de continuo en manifestaciones cada vez más arriesgadas que tantas veces dieron en nada, pero que tantas otras alumbraron caminos que terminaron en el poeta en Nueva York, los vientos del pueblo, los campos de Castilla o el amor brujo. Y que gracias a esa ambición fueron contenidos tan rotundos que aún hoy nos sirven a diario.
Una ojeada a los programas de tv o las puertas de teatros convertidos en tiendas y librerías cerradas. Buenos Aires está lleno de los dos, pero librerías hay un montón que no cierran jamás sus puertas, siempre llenas de ávidos ambiciosos de encontrar algo que les mejore, que les permita escribir mejor, leer mejor, componer mejor, ser mejores.

Este país da pena. Y me doy pena a mi mismo por darme cuenta de ello y echarme al monte para escribirlo ¡Qué pena! La sociedad civil española parece abocada a pasar el fin de semana en los centros comerciales de tienda en tienda, pasar por una pizzería franquicia y a lo sumo meterse en el cine para ver una de súper héroes.
La Cultura, así con mayúscula, languidece, se le cansan los brazos de buscar un hueco en la mediocridad y cada vez tiene peor vista de tanto mirar tan cerca. Eso sí, todo es coherente. Los políticos, los programas de los partidos, el sistema judicial, el Hola. Da igual.

El 25 de mayo, fiesta nacional argentina escuché el discurso de despedida de su presidenta y entre tantas cosas destacaron tres o cuatro veces que expresó su voluntad de dar las gracias a los artistas argentinos por llevar el país afuera. Y yo me pregunto: Si a Rajoy se le ocurriera tamaña cosa ¿Qué llevaríamos nosotros fuera?

Una sociedad sin cultura solo es una aglomeración. Junio