La Mezquita, marca registrada

La gente sabe que por muy buena intención que se tenga y sentido de la justicia y ecuanimidad que se presuma, que lo lógico es ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Es humano. Nos apresuramos en el juicio ajeno y nos demoramos en el propio, probablemente escudados en esa sensación de lejanía que nos suele provocar los asuntos propios solemos dejarlos siempre para más tarde, y sin embargo nos dedicamos con envidiable diligencia a considerar los ajenos. Eso, sin embargo, provoca una cantidad de desajuste entre lo que pensamos de nosotros y lo que pensamos de los demás. Siempre encontraremos excusas a nuestras acciones y nos costará más excusar a los demás. Más bien al contrario: sin querer somos más severos con el prójimo y más tolerantes con nosotros.

Puede que la conducta ajena, al estar fuera de nuestra condición y por ello, puede, insisto, que seamos más capaces de verla que el prójimo. Muchas veces nos encontramos en la situación de contar al amigo íntimo lo que nos preocupa con aquella famosa coletilla de: a ver cómo lo ves. De esa forma nos aseguramos una opinión libre de condicionamientos propios.

Puede que dependa también de las circunstancias y veamos en las pupilas del hijo, por ejemplo, ausencia total de pajas o vigas. O en las del jefe despreciable la mejor colección de ellas. Pero en general juzgaremos bien a quien bien queremos y mal a quien mal queremos.

El desgraciado ataque del terror yihadista a la revista Charlie, así como el del supermercado Kosher ha desatado en los defensores de las libertades la lógica preocupación. Primero por el ataque a la revista y luego por la consecuente ola de islamofobia que está produciendo. La gente desconfía de los yihabs y ganduras amplias donde puede ocultarse lo que se quiera. Ayer en el metro de Madrid, entró al vagón en que yo viajaba, una chica grande y gruesa con pañuelo y vestimenta árabe, y el vagón entero se sumió en un silencio sepulcral. No sé si será casualidad porque la siguiente estación era Sol y ahí solemos bajarnos bastantes, pero el vagón se vació. No quise volver la cabeza a comprobar si la señora seguía en el vagón o se bajó también.

Las noticias tampoco ayudan. La última terrorista suicida en tierras árabes se inmoló a los diez años. Preocupa que se culpe a todo el Islam y se le demonice. No se quieren dar excusas.

Mientras, nos enteramos ahora que la iglesia Católica Española, por medio del Cabildo de Córdoba registraba la marca Mezquita de Córdoba el 17 de agosto de 2012 en la Oficina Española de Patentes y Marcas del Ministerio de Industria. Esta acción culmina al parecer una continuada práctica de cristianar el recinto que es una joya del arte omeya, Catedral desde 1239 y Patrimonio Mundial en 1984. ¿Cabe una mayor inoportunidad y memez? ¿Siguen los ojos de la Iglesia Católica cerrados ante las cosas de este mundo? Es un contrasentido enorme registrar la marca Mezquita y sin embargo poco a poco borrarla de los folletos turísticos. ¿Cuál será el pensamiento de los millones de musulmanes que se sumergen en su escalofriante bosque de arcos y columnas? ¿Explotará la marca Mezquita el Cabildo de Córdoba? ¿Qué pasa aquí?

Son tantas barbaridades juntas que me niego a dejarlas pasar como un torrente que no puede detenerse. No sé si el asunto encorajinará a los terroristas de las diferentes marcas yihadistas, pero me lo temo. Es un leño más al fuego. Y si me lo permiten un robo manifiesto a la humanidad. Dicho así en general: judíos, musulmanes o cristianos. Pienso que se debería denunciar. En este momento salgo para la comisaría como un arrepentido de la Ruptura Democrática más.

No pueden suceder los arboles ni terminarse las palabras ni detenerse la ignorancia. Enero