Teoría de la violencia

La gente sabe que tiene los colmillos goteando sangre. Conoce su pasado depredador y asesino. Usa esos mismos colmillos para rasgar la carne de su tournedó con tuétano y los oculta salvo que sonría abiertamente, que es otra forma de saludo de paz como dar la mano libre de la espada o pasar los brazos por detrás del cuerpo del otro en el abrazo, dejando el torso indefenso. El hombre es un bicho. Quizá el más grande de los bichos. Siempre eché en falta un capítulo dedicado a él en el canal Nat Geo Wild como parte de la serie los animales más peligrosos del mundo. Nada que ver con cocodrilos, tiburones blancos, mambas negras o lobos hambrientos. Ningún ser vivo ha sembrado con sangre adversaria o amiga los rincones más comunes del planeta. A su lado, las imágenes que nos muestran a los leones alfa comiéndose los deliciosos leoncitos nacidos de otro semen son pequeñeces despreciables. Estamos habituados, es verdad, a ver en esas películas de naturaleza, una extrema violencia animal, pero simplemente la vemos y oímos. Punto. No la olemos, no la tocamos, no nos atañe, no deja de ser otro espectáculo más. Sin embargo, algunos programadores de TV se equivocaron, pensando que hasta esa capacidad del hombre por soportar la violencia ajena no tendría límites. El ser humano es un cínico irredento que reniega de su pasado con una asombrosa y acreditada desfachatez.

Sin embargo, la sociedad actual, tan alejada de la violencia como ha sido posible, sigue fascinada por ella. La sensación apocalíptica de la certeza de la muerte sigue produciendo saliva entre los caninos humanos. La primera vez que visité la exposición sobre instrumentos de tortura que permanentemente se puede ver en Toledo, fui acompañado por una pacífica familia inglesa con niños que pasearon por entre los hierros que desmembraron a acusados de brujería, apostasía o simplemente porque poseían algún bien ansiado por alguien más poderoso que ellos como quien lo hace por una rosaleda. Descubrí que aquellos instrumentos inertes y limpios, estaban desvinculados del horror sencillamente porque estaban descontextualizados. Son cosas del pasado, de otros que fueron antes que nosotros y se animalizaron en la borriquería de su propia capacidad de presenciar la violencia. Ya lo inventaron los romanos con los espectáculos de circo donde la sangre salpicaba a los espectadores en una orgía brutal que no tenía posibilidad de abandonar la arena y que permitía verlo con la distancia exigible.

Los medios de comunicación del país en los últimos días asisten consternados a las averiguaciones de cómo un par de centenares de seres humanos, algunos con hijos y amantes de sus mujeres, se citaron para arrearse mandobles en las orillas del Manzanares por el placer de pegarse, de partir cráneos con barras de hierro o rajar vientres con navajas. Parece un asunto sacado de la exposición recientemente inaugurada sobre Hernán Cortés, el gran asesino según Fray Bartolomé de Las Casas. Y enlaza con el episodio de la tortura y ejecución de los estudiantes normalistas en Iguala como un episodio que hubiera podido ser narrado por el fraile citado. Al ser humano moderno, alejado de la vida en la naturaleza y por ello despegado de la violencia, no solo le repugna sino que le atrae. No creo que nadie pudiera superar hoy en día el espectáculo que se daba con frecuencia en la cocina de mi casa, cuando mi madre, maravillosa y dulce mujer, le cortaba el cuello a un pollo que traía cada mes mi tío Eustaquio del pueblo, como presente.

La sociedad moderna ha conseguido encapsular la violencia en capítulos de TV pero mantiene los caninos ensangrentados, porque la memoria no puede juzgar, la anacronía se lo impide, pero si puede, de vez en cuando, citarse con ella y apalearse hasta la muerte, recordándonos que la desmemoria, ni es tan eficaz ni tan absoluta. R.I.P.

La goma de borrar del tiempo deja trazas de lo hecho como las pezuñas huellas. Diciembre