Oro negro

La gente sabe de qué trata la expresión. Llega desde los tiempos del XIX cuando se empiezan a desarrollar los primeros motores de explosión. Hasta ese momento, el petróleo se utilizaba como combustible en lámparas y otras zarandajas, poca cosa, olía mal y hacía mucho humo.

La gasolina, se empieza a obtener mediante la destilación fraccionada del petróleo desde 1857 cuando se descubre. Más adelante, en 1860, Jean Joseph Etienne Lenoir creó el primer motor de combustión interna quemando gas dentro de un cilindro. Pero habría que esperar hasta 1876 para que Nikolaus August Otto construyera el primer motor de gasolina de la historia, de cuatro tiempos, que fue la base para todos los motores posteriores de combustión interna. En 1886 Karl Benz comienza a utilizar motores de gasolina en sus primeros prototipos de automóviles. Y ahí comenzó a cambiar el mundo de forma radical. Las gentes se pusieron a buscar petróleo como locos, simple y llanamente porque su valor comenzó a crecer y crecer y según se fueron expandiendo sus utilidades se hizo más valioso y buscado. La búsqueda dejó al descubierto el enorme valor de los lugares hasta ese momento evitados. Lugares donde ese liquido pastoso y maloliente envenenaba el pasto del ganado. En aquellos primeros tiempos los buscadores de petróleo se nutrieron como siempre del carácter explorador, aventurero y arriesgado por eso. Aquellos tipos manchados que han sido inmortalizados por la literatura y el cine, fundamentalmente, porque si algo tiene el petróleo es lo cinematográfico que es. Todos hemos visto aquella imagen extraordinaria de James Dean en la Pelicula Gigante de 1956, basada en la novela homónima de Edna Ferber de 1952, dirigida por George Stevens cuando pasa de mísero propietario de un pedazo de tierra sin valor y de pronto el oro negro brota de la torre de madera. El baño negro es una danza desde la pobreza a la opulencia. Porque eso es lo que ha convertido el petróleo su camino fósil.

De pronto, el motor de explosión comienza a estar en discusión planetaria y las energías limpias comienzan a abrirse camino de manera global, pero la búsqueda del detritus animal llamado petróleo, no solo no decae sino que crece. Las prospecciones en su busca se suceden y con ellas los problemas. Las denuncias y movilizaciones políticas como en Canarias, pero también, los enfrentamientos armados, los muertos y heridos en otras partes como en el parque natural de Viringa en la república Democrática del Congo como si por allí precisaran excusas para liarse a tiros.

El oro negro sigue produciendo la lucha del hombre. Es verdad que sobre todo del hombre institucionalizado, porque el petróleo ya en el XIX perdió su estatura humana y pasó de la acción física del hombre a la industrial institucional. Pero detrás siempre están los sueños del hombre. Los que le hacen imaginar un futuro de desarrollo económico que traiga educación, servicios, trabajo, aunque el paisaje se torne negro y nauseabundo, frente a aquellos que visualizan un futuro de aguas limpias, cálidas y transparentes para que los ricos alemanes y nórdicos pasen los inviernos lejos de las nieves de sus lugares de origen. Consuman plátanos, coman viejas y papas arrugás y se dejen los euros en la extraordinaria industria turística.

Los petroleros siguen buscando, o sea, perforando, en busca del oro negro porque nadie asegura cuando se va a acabar y el precio sigue estando en relación con su producción. ¿Hacia dónde mirar? ¿Con quién estar?

Puede que nos quede lejos Virunga pero la imaginación que viaja segura y sin riesgos recuerda el paraíso de los gorilas a disposición de muy pocos y el recuerdo huele a crudo.

Se encaraman los días a sus fechas y se cuelgan sus nombres del cuello. Noviembre