Catalufos

Ya no quedan ni siquiera cuatro perras de deseo.
Que ya enterraron los besos en el cieno del rencor
con todo lo compartido. Y los dos se van quedando como pájaro sin nido:
En corazón enemigo.

La gente sabe que cuando el amor se acaba ya no quedan ni siquiera cuatro perras de deseo y empiezan las referencias al contrario, porque en eso se vuelve cada uno nombrándole, cuando no hay otro remedio, de la manera más ofensiva posible. Recuerdo unos amigos de la infancia referirse continuamente al enemigo y dado que su egregia madre estaba en contra de todo y de todos, yo creía que se referían al entonces alcalde de Madrid, Conde de Mayalde quien era, al parecer el azote de la familia, pero no, descubrí pronto que se referían a su padre y ex esposo respectivo. Porque eso era para ellos: el enemigo.

Antes de ayer entré en una cafetería a desayunar y sin querer presté atención a la conversación que mantenían los de al lado. Hace tiempo que me he acostumbrado a inhibirme de los gritos que me puedan acorralar desde que mis frecuentes viajes en AVE me han obligado a comprarme unos auriculares que para sí los querría Benzema. Enormes. Pues bien, sin los auriculares a mano, no tuve más remedio que enterarme de la opinión de los individuos que sorbían su café a mi lado.

Por la retahíla de improperios y tacos que salpicaba su discurso, colegí que se deberían referir a algún jefe de sección que les tendría martirizados, alguna ex que les exigía pensión abusiva o algo peor, cuando caí en la cuenta que hablaban en plural. Entonces pensé en los chinos, o los rumanos, o los gitanos o los inspectores de hacienda, o quizá los del banco de la esquina. Pero no. Sus improperios tenían un objetivo a mi discreción mucho más general, más difuso y desde luego más tópico: se referían a los catalanes. Lo descubrí cuando en algún momento nombraron de los que renegaban como catalufos. Me acordé entonces de los términos despectivos con los que la lengua castellana (perdón) describe a determinados colectivos a los que voz popular les ha puesto el veto. Gabachos a los franceses. Guiris a los anglosajones, etc. Y agucé el oído.

Aquellos caballeretes que no parecían extremadamente conservadores ni fascistoides, se referían a los ciudadanos de Cataluña con ese término: catalufos. Y me sonó mal y me dolió aún más (perdón de nuevo). El discurso se enmarcaba en una hartura expresa, hija de la ignorancia y el tópico instalado. Aquel que dice que los catalanes son… etc. Y me preocupó.

Como señalan los versos del principio, alusivos a la ruptura matrimonial, hay situaciones que se asemejan como las páginas de un libro y lo que me pareció es que existe un conato de socialización del agravio nacionalista, de forma que algunos españoles (otra vez perdón) piensan que si se diera un referéndum estatal sobre el problema catalán, los votos favorables a la secesión serían más abundantes fuera de Cataluña, lo que vendría a certificar que el voto del despecho duerme en los mismos brazos que el de la identidad nacional y hay que intentar despertarlo.

De la misma forma que el Estado ha anunciado que sufragará los gastos de los consejeros matrimoniales, hay que buscar un encaje territorial que no conlleve de manera continua el tira y afloja de la tensión nacional. No podemos empantanarnos. Debemos de ser capaces de encontrar el espacio común aunque cada día parezca más exiguo. Y cuanto más diferentes seamos o nos convirtamos mejor. El peligro reside en esa opción enemiga que nos arrastra al “Y tu más”. Dicen que los catalufos son diferentes. Yo quiero convivir con diferentes. Esa es la convivencia. No otra.

Luna de noviembre alumbra y no enciende. Octubre