Tzeltales y Tzotziles

La gente sabe resistir. Es de lo que más sabe. Puede que en el transcurso de la historia haya habido para las crónicas más atacantes que resistentes, pero estos últimos forman legión en la historia de la vida privada. Desde los albores de la historia, los resultantes no han sido sino los resistentes, los que lograron resistir son los que lograron perpetuarse y trascender. Esa capacidad de soportar las acometidas inevitables de los vencedores que en su conquista intentan de manera continuada una sustitución de valores, conductas y creencias por las propias, de manera que en una evangelización forzada, las sociedades conquistadas tendrían que parecerse cada vez más a la sociedad conquistadora. Esas premisas llevaron a los Imperios a intentar reproducir por el mundo entero sus modelos nacionales de manera más que sencilla para poder dominar con medios más simples y rentables. La premisa es evidente: Si se logra la sustitución simbólica completa y se alcanzan los objetivos materiales programados, tanto de conquista como de permanencia, la sociedad vencida, terminará abducida por esos valores del conquistador y al parecerse de manera estricta a su matriz cultural ayudará a reproducir y promocionar esa madre vida.

Pero un repaso a la historia nos deja el papel lleno de dudas. Está claro que muchas de las acciones de las diferentes formas de colonialismo tuvieron y tienen verdadero éxito en sus premisas y que la interacción simbólica entre colonizadores y colonizados ha producido sociedades que se parecen entre si y que representan en general los valores del colonizador, evidentemente corregidos por el color local, entendiendo este como una especie de adorno de los valores primarios del colonizador y por ello, sin capacidad de enfrentamiento o contradicción con estos. Hablamos de aspectos sociales de la vida diaria y de las manifestaciones culturales más leves y conductuales, no de las premisas fundamentales.

Pero las cosas se empeñan en desdecirse en cuanto las enumeras. En los últimos días, removiendo muebles guardados antiguos, con una mesa camilla, esas mesas redondas llamadas a estar cubiertas por faldas para preservar el calor del brasero y darle la vuelta para colocarla mejor, descubrimos en la parte inferior del tablero con el agujero donde se colocaba el brasero, una estrella de David labrada primorosamente de forma que solo haciendo eso, darle la vuelta, pudiera descubrirse. Si añadimos que la mesa citada provenía de Toledo, queda claro que es una imagen simbólica de la resistencia judía en la sociedad programada por el valor cristiano. A la vez en un viaje a Portugal, descubro la Alhera, embutido tipo chorizo, de sabor similar que se cuelga en las casas para su secado, pero que se confecciona sin carne de cerdo. Otra bandera de la resistencia cultural.

Pero sin duda, la representación simbólica más resistente es la lengua. Si la gente sigue hablando su lengua nunca deja de ser quien es. Por aquello prohibían las leyes de Franco que se hablara Euskara en la calle. Por eso, los latinos latinoamericanos estadounidenses siguen hablando español generación tras generación en los Estados Unidos. Por algo la pelea por el catalán y las leyes de inmersión en la educación autonómica.

Los tzeltales y tzotziles son dos grupos lingüísticos de las treinta lenguas mayas que se siguen hablando en México, donde resisten a la colonización de los colonizados. Doble sentido. Y que sin embargo han doblado su población parlante en los últimos años, mientras avanza el español. La resistencia llega desde la conciencia y esta no se habla, pero se comprende.

Los sustantivos guardan las conciencias bajo siete llaves y les cuentan cuentos de dragones y cíclopes. Octubre