El precio del poder

La gente sabe que estas notas no tratarán de la extraordinaria película de Brian de Palma con el gran Al Pacino de protagonista de 1983 titulada originalmente Scarface y que como tantas veces ha pasado, la hispanización la tituló más acertadamente pues el tema trasciende la figura del gánster encarnado por Pacino con ya ser mucho eso y en el gran fresco del comercio de droga y delincuencia en el sur latino de los Estados Unidos alegoriza el ascenso, caída y muerte del hombre por abuso de poder.

Se me dirá que el tema ha sido muy tratado en el cine, no solo en ese film aludido, pero quizá nunca con ese desmadre inacabable que el gran Brian de Palma ha llevado siempre consigo. Porque ahí se ponen de manifiesto todas las debilidades humanas relacionadas con el abuso de poder en un exceso ilimitado que como tantas películas de De Palma, acaba en un auténtico baño de sangre.

La gente sabe que el poder siempre tiene precio. Colgado de los retratos como los letreros de los puentes o en un pos it por debajo de la servilleta del restaurante, pero tiene precio.

Esta sociedad política española de la segunda década del milenio hiede insoportablemente y como los navíos podridos, hace aguas por todas partes. Desde el PP al PSOE, de Madrid a Cataluña, de Asturias a Andalucía e incluso a las ciudades españolas de África. Todo hiede y cada vez que un periódico anuncia una nueva edición, hay que llevarse el pañuelo a la boca a falta del manojito de menta o hierbabuena que se vendía en las entradas de los mercados antiguos y aún se usan en el Zoco de Fez, por ejemplo. Hay que taparse la nariz porque adonde sea que uno mire, como se destape, el olor tira para atrás. A este paso las calles de Madrid o de Barcelona van a parecer las de Pekín. Todos con mascarilla.

Se oye que los partidos políticos están podridos, pero lo que de verdad está putrefacto es el sistema. El posibilismo a ultranza de los políticos de este país, desde aquel famoso y funesto: “Gato blanco a gato negro, lo importante es que cace ratones” que ya acabó con el gobernador del Banco de España en el talego, ha permitido la sucesión indefinida de situaciones de abuso de poder en continuidad y los servicios de limpieza de cada ocupante de la poltrona han sido eficazmente advertidos de donde no debían mirar debajo de que alfombra. El problema no son los partidos, ni siquiera los políticos. No dejan de ser seres humanos con todas sus carencias y debilidades y por ende propensos al delito. No. El problema verdadero es la ausencia de capacidad regeneradora del sistema. Una situación que recuerda a algunas otras en la historia reciente que propiciaron el advenimiento de opciones populistas antidemocráticas, que fueron aceptadas por la gente en la esperanza que fueran capaces de meter la fregona. La gente se pregunta por Podemos, pero no por el movimiento político que expresa su convicción de poder, sino porque de verdad se pode lo podrido.

Es verdad que siempre que nos empeñemos, podremos encontrar un rayo de luz que nos mantenga esperanzados con un futuro menos hediondo: En un gobierno estatal del PP y autonómico de Madrid, la Guardia Civil y la Agencia Tributaria siguen los pasos de los malos hasta que los detienen, aunque sean sus propios jefes y deban primero reducir a la policía local y los escoltas.

Puede que uno de estos días nos desayunemos con alguna escena en la que alguno de los aún no descubiertos se eche a llorar y hunda la cabeza en una montaña de cocaína como en la película de De Palma. Si no, al tiempo.

Podemos seguir esperando que lo sucedido se confunda con lo recordado a ver si coinciden. Octubre