Quien mucho abarca poco aprieta o el nieto del armero

La gente sabe cuánto cuesta encontrar algo que poder tener entre las manos. No es sencillo poder tener algo que no se deba de coger con una mano y soltar con la otra, que pase por nosotros como bultos sospechosos que somos en la economía de subsistencia en la que aún nos debatimos, aunque ya no seamos quienes producen lo que se intercambia. El dinero nos ha facilitado la transacción pero no ha solucionado el problema. Seguimos encontrándonos en la coyuntura de la confluencia entre la oferta y la demanda y en la esquina cualquiera, pasan las cosas por nosotros como pasa el agua, sobre todo, el dinero. Nos lo dan tras el trabajo y puede que al recibirlo ya lo tengamos adjudicado anteriormente, de manera que entre deudas contraídas y dispendios insospechados, lo fácil es que, de nuevo, en pocos días, nos veamos otra vez a la espera del siguiente sobre salarial. Todo esto, desde luego, si tenemos trabajo. Del resto, ni hablemos.

El trabajo apenas llega para pervivir y sigue en la misma desde toda la vida. Se dice que nadie se hace rico trabajando y es cierto, en muy pocos casos esa máxima popular se rompe. Hace mucho que sabemos cómo rentabilizar los excedentes y comerciar con ellos, casi siempre alterando el precio. En muy pocas ocasiones, quizá algunas del llamado comercio justo y tampoco me fío mucho, se podría decir que el precio corresponde al valor. Claro, al desligar la producción del consumo, los valores necesarios se distorsionan y la distancia, el paso del tiempo o la oportunidad, añaden un valor incalculable a aquello que produjo el esfuerzo. Quien tiene lo que otro necesita está en su derecho de imponer las condiciones por las que el objeto de deseo pase de unas manos a otras. El caso es que hace tiempo que el asunto se ha, y perdonen por el palabro, descosificado. Cada vez más las transacciones se han liberado de los objetos, lo que hace aún más inasible el asunto.

Si hay una transacción que aún podamos circunscribir al ámbito viejo, es la restauración. Y si me apuran, de nuevo, la restauración de subsistencia, la que nos dan en la fábrica, el taller, la gasolinera, el hospital, la cafetería de la Universidad, el colegio de los niños, etc. Etc. Y en ese mundo estaba precisamente metido desde siempre el nieto del armero, Arturo Fernández, presidente de la confederación de empresarios de Madrid, nieto de Arturo Fernández Iglesias, armero, quien se trasladó a Madrid en 1850 instalándose en la corte para ejercer su oficio y pronto, para hacer negocios. El nieto del armero, siempre anduvo relacionado con la restauración desde la gestión de su Club de Tiro Cantoblanco de origen. Negocio montado desde la fortuna del abuelo armero. Dicen que daba más de 80.000 cafés al día y algo más de 50.000 comidas diarias en todos esos lugares que hemos nombrado algunas líneas arriba.

No. Trabajando no se hace uno rico. Se hace uno rico, pagando con una tarjeta de crédito opaca la propia comida en el propio restaurante y otras zarandajas parecidas. Da la sensación que con su emporio en concurso de creedores y su prestigio, si alguna vez lo tuvo, al menos entre sus correligionarios del PP, el suelo empieza a moverse bajo sus pies. Salvo claro está en la Propia CEIM, donde sigue en el machito, como su antecesor Díaz Ferrán, aferrado a la poltrona, hasta que se la cambien por la silla de hierro de la cárcel de Soto del Real, de la que no parece estar muy lejos.

Moraleja: El ser bisnieto de armero real y nieto de gran negociante, no asegura el éxito duradero en los negocios. Máxime si tardaste 12 años en intentar terminar la carrera de económicas. El asunto sigue en el ámbito moral, aunque se vea desde el intercambiario.

Los salarios son esporas que se multiplican inútilmente y vuelan ligeros de equipaje. Octubre