No es una cuestión de moral, es un déficit democrático

La gente sabe lo que sucede cuando no hay control. Las personas no son buenas. Ninguna persona logra mantenerse en la decencia en cuanto se asoma al abismo de la ambición. El vértigo de lo posible se le persona como si de un ángel perverso se tratara. Comienzan a dudar y la duda no es sino el principio del camino, en cuanto se instala, aquel ya está expedito. Todo el mundo tiene un precio dice el dicho y seguro que es verdad. La cuestión no se debate entre precio si o precio no, sino en la cantidad de la cuenta. La gente sabe que los santos no salen de las estampas y que vivir la vida es enfrentarse de continuo a la tentación, o mejor, a las tentaciones.

Precios los hay de todos tipos y medidas, cada cual tiene el suyo pendiente de formularse de ser de verdad. La mayor parte de las veces que las gentes no se dejan tentar tiene mas que ver con dos asuntos. El primero es la veracidad de la propuesta, muchas veces la gente no se fía que no sea verdad lo que se promete. No se trata de rechazo a la misma protesta en si sino a la seguridad que no sea una trampa. El segundo escalón a superar es la seguridad de quedar impune. Que no haya que pagar de otra manera por ello. Que las cosas queden entre el Diablo que propone y el alma que acepta. Que la cosa quede ahí y nadie se entere.

Dicho esto, la mayor parte de las veces que la gente no acepta el precio aún solucionados los asuntos anteriores es porque alguien vigila, de los suyos o de los otros. La cuestión es saberse bajo la vista de quien no se fía. El tema es de posibilidad mas que de probabilidad.

La cuenta de Caja Madrid a la que se cargaban los gastos de sus directivos se llamaba “Gastos de órganos de gobierno” y como sabemos ahora no tenía límite de gasto o en todo caso límite lejano de veinticinco, treinta mil o mas euros, que es mas que un límite lejano. Un gran cajón de sastre donde podía caber cualquier motivo para el gasto, como pagar con esa tarjeta en su propia casa.

Ese asunto que favoreció tantos excesos que permitieron, por ejemplo a muchos restaurantes hacerse de oro y que ahora, tras la retirada de las Visas están en concurso de acreedores desbordó con mucho los límites de la Caja del PP y alcanzó a los probos dirigentes de la patronal de la comunidad que se gastaron solo doscientos ochenta mil euros, ellos solitos.

Ese manto de ignominia que parece desprenderse del asunto nos conduce aparentemente a la valoración de la catadura moral de los implicados, lo que podría ser acertado si no fuera porque damos por sentado que carecen de ella.

La cuestión por tanto debe estar en otro estado no de conciencia sino de otra calaña. Mas parece una falta de control democrático lo que permitió que esos tipos se sintieran a salvo, tanto como para gastar lo que fuese por lo que fuese. Un déficit de calidad democrática que permitió saltarse los controles y eludir los deberes por una apreciación dicha de palabra, la que les aseguró que nunca les pasaría nada.

La democracia es control del personal que acepta y hace aceptar sus reglas, sin control no hay conciencia, ni siquiera en las postales.

Una polvareda se levanta desde el cristal de los rascacielos aunque se pise el parquet. Octubre