El control del miedo

La gente sabe qué hacer con sus sensaciones en la mayor parte de los casos. Se comporta como debe, quiere decir, como es más eficaz en función de lo que la situación demanda para su mejor solución. La gente controla cómo se oye decir ahora con bastante buen tino, cuando la gente joven se refiere de esa manera a quien domina la situación. Por eso, se fían de esos que en su control les aseguran la eficacia de los resultados. Es lógico, por otra parte, que los humanos se preocupen de controlar, porque en sí mismos son un descontrol. Se subieron a la cúspide de la pirámide trófica para a continuación bajarse de un salto y quedarse al margen del devenir evolutivo de todo lo que no son ellos, animales y plantas incluidas.

El concepto de control es vital para poder asegurar las circunstancias imprevistas o indeseadas. Si se puede mantener el control quiere decir que se mantienen las cosas en el mejor de los sitios para solucionarlas, sobrellevarlas o evitarlas. De hecho, el desarrollo humano no es sino una lucha sin cuartel por controlar. Los animales salvajes para convertirlos en domésticos, las plantas salvajes para poder dominarlas y ponerlas a nuestro servicio en la vida agrícola y el manejo de los otros, los que pudieran subirse a las barbas de los mandones. Así nació la ganadería, la agricultura, la silvicultura, la apicultura, la política, etc. Por el control humano.

Pero es verdad que el control como todos los valores, se direccionan y por ello producen a su vez su contravalor. Aquello que les viene en dirección contraria y amenaza con arrollarles. El hombre medra más en el descontrol que en el control. Le interesa más el río revuelto que las aguas mansas y predecibles. La historia está llena de situaciones constatadas en las que los vencedores lo fueron por saber aprovechar mejor que el contrincante las situaciones fuera de control. Después, se ocuparon de desarrollar las fórmulas para descontrolar lo controlado, desestabilizar lo establecido y descolocar lo situado. Un hombre fuera de sí no es otra cosa que un bulto sospechoso flotando descontrolado en las aguas turbulentas. Sacar de quicio a alguien, como se dice vulgarmente es la manera más obvia de proponer una situación de superioridad. Y hay cosas que al hombre le cuesta una enormidad mantener bajo control. O dicho de otro modo: hay cosas que no parecen poder tenerse bajo control. Casi todas ellas, ligadas a la manifestación sentimental de aquello que menos puede racionalizarse. Como la violencia.

Los mongoles sabían muy bien el poder del terror y ya lo teorizaron en aquella fabulosa Historia Secreta de los Mongoles, en donde se relatan las maneras de provocar el pánico total que limita la reacción del otro. También lo sabe muy bien el lobo que se vale del terror que inspira su olor para que sus víctimas queden sin opción de defenderse. El miedo es tan poderoso, tan excepcionalmente abrumador que provoca la suspensión del yo, dejándolo a merced del otro.

De todos los miles de casos en los que el control del miedo se ha convertido en la prioridad subjetiva de mayor presencia, quizá la amenaza del virus del ébola, tan tajantemente dañino y pujante que se ha instalado en las poblaciones relacionadas una auténtica psicosis añadida a los datos sanitarios objetivos. Siempre pasa y por ello se intenta controlar la forma en la que la sociedad civil se informa del problema. Antes fue el sida y antes la gripe española y antes la peste y antes… Siempre hubo riesgos desbordados que volvieron a colocar al ser humano frente a su vulnerabilidad. Frente a frente con la muerte.

En el caso del virus mortal, la gente se siente de nuevo impotente. No hay vacunas ni tratamientos que por ahora proporcionen un rayito de esperanza a quien pueda haberse contagiado y eso da mucho miedo. Tanto que se pudiera dar, de nuevo, una situación fuera de control. La gente sabe que no puede hacer nada y que los que se suponen que saben qué hacer, balbucean excusas por la pequeña pantalla como párvulos ignorantes. Y es necesario que no caigamos en la desesperación y el pánico. Si echamos a correr nos pillará antes. Aunque el miedo es libre.

Hay secretos en el aire cargados de desidia vital que enamoran los cuerpos inertes amortajados. Octubre