Desculpabilizarse

Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito 
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo, 
y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana, 
y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda.

La gente sabe cuando una cosa se le pone por delante y da igual si se mete la marcha atrás o la primera. La gente, conocedora de sus misterios no para de estudiarse porque en su comportamiento previo se encuentran muchas de las causas de su comportamiento actual y aunque a veces le de un poco de vértigo, suele asomarse a su propio pasado para ver cómo eran las cosas, revisar las viejas fotos y avergonzarse de aquel bigote horrible o aquella barba apestosa.

Pero claro, no todo el mundo tiene por ahí historia reciente como para revisar: hay sociedades que están sumidas desde hace decenas de años en la misma dinámica y sin haber producido convulsiones sociales, a lo mas que se puede acceder es a fotos de guateques con los ojos brillantes y la bragueta abultada. No, hay pueblos que miran, por ello con envidia a los que si pueden asomarse en un pequeño salto a un pasado propio, de ellos mismos, en el que fueron diferentes. Las generaciones se supone que siguiendo el canon de Ortega pasan cada quince años de una a otra, pero a veces, solo es necesario darse un garbeo por ese pasado efímero para encontrarnos con las voces de los pioneros al lado de nuestras fotos imberbes.

Ismael Serrano, cantautor, hijo de gran poeta (Rodolfo) cantó la canción que empieza con la estrofa que antecede estas líneas escrita por su hermano Daniel. Y fue un éxito, como lo ha venido siendo su ulterior trayectoria. Un paseo por la sensibilidad y la conciencia de las nuevas generaciones. En esa canción se expresaba de manera prístina la fascinación por el tiempo perdido. Cuanto más perdido y mas convulso mejor. Por eso, Daniel e Ismael se asomaban al precipicio de la resistencia antifranquista, aquella que preparó el desembarco de las libertades a la muerte del General Franco y que luego, gestionada por los partidos políticos en la transición, fue dejándose de lado poco a poco hasta el límite de casi sentirnos culpables. Por eso le piden a su padre Rodolfo que les vuelva a contar el cuento. Porque suena a cuento, aventi, rollo.

Durante muchos años hemos sobrellevado sobre nuestra conciencia el haber participado en aquella revolución que quedó varada en la madera que quedó del naufragio, arrumbada tras el posibilismo. Escondida entre miedos, chantajes y malos augurios, bajo pelucas polvorientas y gafas ahumadas para que lo que era no lo pareciera. Y durante todo ese tiempo, una cierta sensación de culpabilidad se nos echaba en cara por no haber participado más en la construcción nacional del postfranquismo, por no haber sido algo más “convenientes” y por no seguir siéndolo.

Hoy, asistimos a la escenificación del comienzo del desmontaje de un Estado al que le quitaron la Nación y quedó al albur de los que quisieran guardársela para sí. La derecha fascistoide se apropió de los símbolos y las banderas y salvo los recalcitrantes republicanos nadando contracorriente y a punto de ahogarnos, el estado español se quedó sin saberse el himno. Aún hoy, cuando suena en un acto público la gente lo sigue tarareando equivocadamente. Desde luego que 40 años de franquismo sectario fueron suficientes, pero más tarde, los políticos de la transición le dieron la puntilla al desvalijar los valores construidos esforzadamente en la II República en un saqueo realizado por su cobardía política, su falta de visión de futuro y su apuesta porque fuera el bienestar económico y los valores europeos los que llenaran el vacío.

Se equivocaron y hoy no tenemos con que discutir con los que los guardaron, como los catalanes. Que no necesitan desculpabilizarse. Saben quiénes son.

Se duelen los huecos del volumen abandonado, riman y modelan nuevas estatuas aparecidas. Octubre