Cataluña: Salga el sol por donde salga estará nublado

La gente sabe que hay veces en las que da igual que pase una cosa o la contraria. De cualquier manera estará jodida. Porque el arreglo de los asuntos del hombre dependen de su voluntad y esta depende a su vez de sus ideas y sus sentimientos, y ¡Ay amigo! Cuando estos se personan, la previsibilidad se inhibe y el futuro se nubla. Mientras, los corazones baten orgullosos de su sentir para gozar o para reír.

El asunto planteado por la derecha nacionalista, conservadora y confesional catalana, del Referéndum del 9 de noviembre, lleva desde aquella famosa Diada de 2012, de la que muchos sospechan de su espontaneidad, provocando la reflexión de todo quisque, desde la clase política en primer término como es lógico, la intelectualidad, el arte o la ciencia y desde luego, la gente. Todos nosotros, desde nuestro punto de vista, tenemos el asunto pendiente en nuestro magín, como una arritmia ventricular, en la que la sangre da vueltas a lo tonto y por una chorrada de perder el ritmo, se arriesga a crear trombos y mandar el sistema a la mierda.

La cuestión se afronta desde dentro de Cataluña y desde fuera, desde los nacionalismos simétricos, desde el constitucionalismo a ultranza y desde el federalismo, etc. Etc. El caso es que el asunto ha provocado una reacción que parece muy oportuna, que es la de poner en solfa determinados aspectos de la democracia de partidos y la organización del estado, si no, el carácter mismo del Estado.

Así mismo, los argumentos a favor o en contra son de carácter económico, (Aquel de “España nos roba” o ese de “Estos catalanes son insaciables”), jurídicos, sociológicos, de política exterior, etc. Etc. De nuevo. Las decisiones parecen estar tomadas y de una u otra manera, el 9N, el 20N, el 31D u otra fecha cualquiera, los catalanes votarán a favor de la secesión del Estado español y su configuración como Estado independiente, con garantías democráticas en esa votación o sin ellas. Con esa pregunta capciosa planteada u otra. Las cosas se han ido tan lejos que hasta esa cuestión ha dejado de tener importancia. ¡Con la que tiene! Puede que se preserven las condiciones democráticas mínimas y puede que no, pero se votará. ¿Y qué pasará después? Ése es el auténtico problema. Lo que pueda suceder tras la votación sea cual sea el resultado.

Como se empieza a comprobar en el caso de Escocia, nada termina tras el recuento. Si el resultado es favorable a la secesión: Los problemas se multiplicarán por cien para el futuro estado catalán y para el nuevo estado español, las negociaciones serán una sucesión interminable de diálogos de sordos y probablemente todo terminará tirándonos los platos a la cabeza.

Si sale NO: La cuestión sigue siendo absolutamente insoluble. Los márgenes del Estado para transferir a una Cataluña que se quede en España son tan estrechos que rozarían los límites de la independencia. Y lo que es peor: La fractura social en Cataluña y en España pudiera consumarse, porque siendo verdad que los tópicos llevan centenares de años jugando contra la comprensión y el aprecio entre catalanes y el resto de españoles, juegan un importantísimo papel en la conducta humana y esperan salir en el peor momento para terminar de empeorar las cosas.

No soy pesimista. Y como sociólogo, me consta que la sociedad, al igual que la Naturaleza, cuenta con medios de corrección sin límite alguno y lo que a veces se asoma como un desastre inevitable, puede convertirse en agua de borrajas a poco que las vigencias aceptadas por todos se descontextualicen. De cualquier manera a alta o baja intensidad de desencuentro, me parece que estará nublado.

Las ideas sudan la gota gorda para parecer sentimientos, pero se ahogan en ese sudor. Septiembre